Saltar al contenido
Filosofia Hoy

La frase de Foucault: “Ocúpate de ti mismo”

febrero 22, 2018
Nota
En sus últimos años, Foucault se dedicó a investigar y recuperar las “prácticas de uno mismo” de los filósofos de la Antigüedad. El lema era: “Todo hombre debe ocuparse día y noche y a lo largo de toda la vida de su propia alma”. Por Gabriel Arnaiz
Normalmente se piensa que el principio básico de la filosofía griega, y también de toda filosofía, es esa máxima que aparecía en el frontispicio del templo de Delfos y que Sócrates convirtió en su divisa: “Conócete a ti mismo” (en griego, gnothi seauton). Pero Michel Foucault nos hace ver que, en realidad, la preocupación más importante para la filosofía grecorromana fue el cuidado de uno mismo y que conocerse a uno mismo era sólo una parte de eso que los griegos denominaban epimeleia heautou y los latinos cura sui. Lo importante para los filósofos antiguos era el trabajo personal sobre uno mismo, el conjunto de una serie de prácticas que constituían un modo de ser, un arte de vivir.

Para los griegos, la filosofía no era tanto un asunto teórico como una cuestión práctica: se trataba de vivir de un modo específico, de llevar una vida de acuerdo con unos determinados principios. Consistía principalmente en una serie de “ejercicios espirituales” (según la terminología de Pierre Hadot), de técnicas sobre uno mismo que tenían como fin la modificación del carácter, el dominio de las pasiones y el perfeccionamiento del individuo.

Se trataba, pues, de esculpir nuestro yo como si se tratase de una estatua, según una célebre expresión de Plotino, un filósofo neoplatónico que vivió en el siglo III d. C. En palabras del propio Foucault: “La mayoría de los textos sobre ética de la Antigüedad tardía son libros prácticos que contienen ejercicios que era necesario releer, meditar y aprender con el fin de construir una matriz duradera para la propia conducta”.
La cita que encabeza este artículo procede del libro La hermenéutica del sujeto, la transcripción de la grabación oral del curso que impartió Foucault en el Collège de France en el año 1982 y que hasta hace poco permanecía inédito.
Es en estos últimos años, sobre todo a partir del año 80 y del 81, con el curso El gobierno de los vivos y Subjetividad y verdad, cuando se produce un giro inesperado en las investigaciones de Foucault, que pasa de interesarse por una arqueología de las formaciones discursivas de su primera etapa (con libros como Las palabras y las cosas y La arqueología del saber) a una genealogía de las relaciones de poder (sobre todo a partir de Vigilar y castigar) y, por último, en esta tercera etapa, a investigar las relaciones de verdad que constituyen la subjetividad del individuo en la Grecia antigua.

Sujeto y verdad

Según él mismo reveló en una de sus últimas entrevistas: “Lo que he estudiado son tres problemas tradicionales: 1) ¿Cuáles son las relaciones de verdad a través del conocimiento científico, con esos “juegos de verdad” que son tan importantes en la civilización y en las que somos, a la vez, sujeto y objeto?; 2) ¿Cuáles son las relaciones que entablamos con los demás a través de esas extrañas estrategias y relaciones de poder?; y 3) ¿Cuáles son las relaciones entre verdad, poder e individuo? ¿Qué podría ser más clásico que estas preguntas y más sistemático que la evolución a través de las preguntas uno, dos y tres, y vuelta a la primera? Me encuentro justamente en ese punto”.

El numeroso público que acudía a los cursos de Foucault en el Collège de France –unas 500 personas en los últimos años– o a sus conferencias –algunas veces mil personas en EEUU– esperaba que éste iluminase los acontecimientos de los que eran contemporáneos, de ahí que asistiese con cierta perplejidad al creciente interés del filósofo por investigar algo tan aparentemente poco actual como los ejercicios filosóficos de los filósofos antiguos para construir su yo.
Al final de su vida, un número creciente de seguidores leían sus libros con fervor, como demuestra el hecho de que se vendieran más de 80.000 ejemplares de la edición de bolsillo de La voluntad de saber, el primer volumen de su Historia de la sexualidad, y 200.000 de su Historia de la locura. Como él solía decir: “Hay más ideas en la tierra de las que los intelectuales pueden imaginar. Y esas ideas son más poderosas, más fuertes, más resistentes y más apasionadas de lo que piensan los políticos”.

¿Filósofo o historiador?

Cuando le preguntaban a Foucault si él era un filósofo o un historiador, solía responder lo siguiente: “No creo que sea necesario saber exactamente lo que soy. En la vida y en el trabajo lo más interesante es convertirse en algo que no se es al principio. Si uno supiera al empezar un libro lo que va a decir al final, ¿cree usted que uno tendría el valor de escribirlo? Lo que es verdad de la escritura y de la relación amorosa también es verdad de la vida. El juego merece la pena en la medida en la que no se sabe cómo va a terminar”.
Recordemos que Foucault había sido famoso por introducir objetos de investigación filosófica que anteriormente no habían sido considerados por los filósofos tradicionales, como la locura, el crimen o la sexualidad, y ahora dedicaba los últimos años de su vida a investigar  estas “tecnologías del yo” que utilizaron los filósofos de la Antigüedad para trabajar sobre sí mismos. Él mismo reconocía que “cada una de mis obras es parte de mi propia biografía. Por algún motivo he tenido la ocasión de vivir y sentir estas cosas”.

Sócrates, modelo a seguir

Y quién mejor que Sócrates para ejemplificar este cuidado de uno mismo, ese afán por dejar de preocuparse por la fama, el honor o las riquezas y comenzar a ocuparse de lo que es verdaderamente importante, del cuidado de tu alma, pues “en lo que se refiere a tu razón, a la verdad y a tu alma, que habría que mejorar sin descanso, no te inquietas por ellas y ni siquiera las tienes en consideración” (Apología de Sócrates, 29a). Foucault nos recuerda que Sócrates es el hombre que encarna a la perfección esta preocupación por uno mismo.

    O Epicuro, que instaba a jóvenes y mayores a filosofar, pues “nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para cuidad nuestra alma”, y recomendaba que “todo hombre debe ocuparse día y noche y a lo largo de toda la vida de su propia alma”. Y Foucault aplicó también consigo mismo esta función terapéutica de la filosofía, pues la preparación de sus cursos y conferencias sobre estos temas (y de sus últimas obras) fueron para él una auténtica meditación sobre la muerte, un ejercicio en el arte de vivir (y de morir), como nos recuerda su amigo el profesor Paul Veyne.

Una muerte prematura

Nos encontramos a primeros de junio de 1984. Michel Foucault lleva trabajando varios meses de manera intensiva, dejándolo todo listo para la publicación de los tres últimos volúmenes de su Historia de la sexualidad, a pesar de una gripe que arrastra desde hace tiempo y que dificulta enormemente su trabajo. Parece que en su fuero interno supiera que tiene sida y que se acerca ya su fin. El primer volumen de esta obra había aparecido ocho años atrás con el título de La voluntad de saber (1976), y desde entonces Foucault no ha publicado ningún otro libro, por lo que en los cenáculos parisinos se rumorea que el gran filósofo está acabado, que ya no tiene nada que decir. Él, a pesar de todo, sigue trabajando hasta el último momento, corrigiendo una y otra vez los manuscritos, hasta que el 2 de junio pierde el conocimiento en su domicilio de París (morirá pocas semanas después).

Y el nuevo giro que había impartido a sus investigaciones filosóficas desde principios de los ochenta, tal como dan cuenta sus últimos cinco cursos en el Collège de France, no podrá dar todos sus frutos. Saldrán a la luz El uso de los placeres y La inquietud de sí, el volumen segundo y el tercero, pero el cuarto volumen, Las confesiones de la carne, no llegará a publicarse. Así que las investigaciones filosóficas que había desarrollado últimamente (y que estaban bastante avanzadas, a juzgar por el volumen de las carpetas con los materiales preparatorios para estos cursos) se quedarán sin ser difundidas.
Hasta que hace poco más de una década se empezaron a publicar las transcripciones de las grabaciones de los cursos que Foucault había impartido en el Collège de France desde el año 1971. Gracias a estos libros podemos saber qué es lo que hubiera escrito el gran filósofo francés si la vida se lo hubiese permitido.
Para conocer esta tercera etapa de Foucault (mientras esperamos que se traduzcan al español los dos últimos cursos que Foucault impartió en el Collège de France y que se han publicado en francés hace pocos años), en la que el autor emprende una “problematización del sujeto” (en palabras de Frédéric Gros), sólo disponíamos en español de las conferencias que impartió en Estados Unidos sobre la parresía —recientemente publicadas en Discurso y verdad en la antigua Grecia (2004)— y de algunas entrevistas, resúmenes de los cursos del Collège y otros textos circunstanciales que Ángel Gabilondo había seleccionado en Estética, ética y hermenéutica (2000) entre los materiales que se publicaron en los dos volúmenes póstumos de Dits et écrits.
Sus investigaciones coinciden sustancialmente con las que Pierre Hadot inició por esas fechas (aunque éste se distanció de ciertos “excesos” de la interpretación foucaultiana) sobre la filosofía antigua como una práctica más que como una teoría, y que han supuesto una auténtica revolución en la forma de entender la historia de esta (y por extensión, de toda la historia de la filosofía). ❖ Gabriel Arnaiz