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Amigos

¿para qué os quiero?

Nacido en Nueva York en 1932, Edward Hoagland es un periodista y escritor conocido sobre todo por sus relatos de viaje, aventura y naturaleza. En un largo artículo publicado recientemente en The American Scholar revisa algunos tópicos sobre la amistad.

"Seamos simplemente amigos”,  se proponen los exnovios tras la ruptura. Está bien el intento de no sabotear la antigua relación aireando los secretos de la misma. “Los amigos te abren los brazos, pero no las piernas”, recuerda el periodista. Lo natural es que la antigua pareja sea poco reservada respecto a lo que ya consideran pasado y se dirijan sin remedio a convertirse en dos seres desgarrados, fríos. Esto no es lo propio de la amistad: “Como las calorías, las amistades nos ofrecen calorcito”, comodidad, son el colchón de normalidad donde nos gusta reposar”.

"Tiene muchos amigos”
. Claro que sí. Te dejan su espalda para que eches sobre ella tus preocupaciones, te prestan su atención, sus oídos... Esto es esencial a la hora de mantener la amistad: además, “prestar el oído es más barato y menos perturbador que prestar dinero”, pero ambas cosas son un buen medidor del grado de amistad.

¿Qué tal? ¿Cómo estás?”. Es el saludo universal en América (y en el resto del mundo, se podría añadir al comentario de Hoagland). Y ¡ojo!, no contestar “bien” violaría todas las reglas del comportamiento social, porque “nadie que te pregunte eso de esa manera quiere que le respondas algo distinto a un escueto: bien”. Los amigos no te preguntarán eso de memoria, sin que la pregunta conserve al menos un ápice de significado y, sobre todo, los amigos son aquellos a quienes puedes contestar con soltura el transgresor: “No, no estoy bien” y dar rienda suelta a los exquisitos placeres del “yo, mí, me, conmigo”.

"No pegan nada…”. Y sin embargo se entienden bien. El cariño por los padres, por la prole y por la pareja resulta tan natural como los brotes nuevos en primavera. Pero las peculiaridades de la mente, sus inextricables caminos, sus caprichos y un buen chorretón de dopamina a tiempo son, muchas veces, los que deciden las amistades y asientan sus misteriosas bases.

"Hay que cuidar las amistades”. Como se entiende que los verdaderos amigos estarán ahí siempre y para todo, resulta que cuidamos más –con nuestras palabras y actos, con nuestro sistemas de recompensas al fin y al cabo– a nuestros no-amigos o a nuestros menos-amigos. Podemos dar por supuestas unas cosas que resultarán peligrosas: los amigos son amigos, no piedras a las que podamos arrojar cualquier cosa. Si hemos herido sus sentimientos, hay que aprestarse a reparar los daños con mayor urgencia que si hubiéramos ofendido a nuestros enemigos.

"Sabes qué ha pasado?”. Si esperas los resultados de una biopsia de tiroides o atraviesas un divorcio especialmente exasperante, es esencial contar con un buen puñado de amigos a los que colocar el “¿sabes qué ha pasado?” Los cribamos o triangulamos en grupos de buenas-noticias o malas-noticias, según tercie y según sus experiencias corran o hayan corrido en paralelo a las nuestras. La empatía sincera por nuestra lacrimógena historia puede paliar los daños y curar heridas reales.

"Es el néctar de la vida”
, concluye el escritor. Y promete incordiar, incomodar y molestar a la búsqueda de la ansiada camaradería, empatía o amistad. No es por debilidad: los amigos nos hacen más fuertes.


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