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Comunidad, Identidad, Estabilidad. Podía haber sido el lema de la última cumbre europea, pero no. Es el rótulo que saluda a los visitantes del Centro de Incubación y condicionamiento del mundo feliz que Aldous Huxley pintó en 1932. Ese año, el mundo andaba borracho, herido ante los últimos acontecimientos: la resaca de una guerra mundial, la orgía desarrollística de los felices 20 y, para acabar, la gran, grandísima, depresión del 29 cuyos devastadores efectos estaban en la cumbre. Pero ¿cómo fue posible llegar hasta ahí? ¿Cómo se podría evitar en el futuro? La respuesta de Huxley es un lienzo silencioso, un cuadro prospectivo en tonos blancos donde todo resulta perfecto, armónico, donde todo funciona sin posibilidad de error.
¿Cómo es un mundo feliz?
Racional. Es un mundo que asimila las diferencias y las canaliza. Un mundo que por fin ha entendido que la igualdad es imposible así que ¿por qué reivindicarla? Lo que hay que hacer es sacralizar la diferencia, instaurar las castas. Los felices pobladores están divididos rígidamente en cinco. Alfa y Beta se sitúan en la cúspide de la organización social. Por debajo quedan los Gamma, los Delta y los y Epsilon. Cada casta se subdivide a su vez en individuos Más y Menos. Cada uno de ellos está orgulloso de pertenecer a la suya en vez de a las demás. La paz social está asegurada.
El espacio, el tiempo
El mundo feliz ocupa prácticamente todo el planeta. Fuera de él quedan reductos, “reservas salvajes” que se pueden visitar –como hace la pareja protagonista en sus vacaciones– aunque no sean un destino muy recomendable, pues el contacto puede crear situaciones de conflicto y toma de conciencia (lo que viene siendo lo mismo). El cómputo de los años atiende a la división a.F y d.F (antes de Ford y después de Ford). Henry Ford, con sus exitosos métodos de producción, es el Dios del nuevo monoteismo. Los protagonistas exclaman “¡Por amor de Ford!". Y cuando hay que tratar con el máximo respeto a una autoridad hay que referirse a él/ella como a su “Fordería”.
El trabajo y el ocio
Ambas cosas rigen las vidas de los felices habitantes de forma ordenada y disciplinada. Las castas trabajan según su capacidad mental. Todos sus miembros son conscientes de que el trabajo de los otros así como el suyo es necesario, funcional. De nuevo no hay fricciones, no hay conflicto. En el tiempo de ocio, los pobladores del mundo feliz asisten a espectáculos o van al sensorama, una especie de cine que proporciona asombrosas sensaciones táctiles. Viajan habitualmente en helicóptero, con variaciones que incluyen “taxicópteros” y “deporticópteros” –mientras quelas castas inferiores se mueven en monorraíl– y practican deportes como el tenis superficial y golf electromagnético. Divertirse con juegos sencillos como manipular una pelota constituye una aberración. Y más todavía disfrutar con actividades como pasear o charlar... El deporte y el ocio están encaminados a fomentar la producción por lo que es primordial que exijan el mayor número posible de sofisticados artilugios.
Las relaciones personales
La familia está abolida. Los lazos familiares son un asqueroso reducto del pasado. “Madre, monogamia, romanticismo... (...) Amor mío, hijo mío. No es extraño que aquellos pobres premodernos estuviesen locos y fuesen desdichados y miserables”. En el mundo feliz los niños nacen en y del laboratorio. El amor no existe y el sexo es un pasatiempo sin emoción ni sentimientos. La promiscuidad es un método de mantener el corazón a raya, de ahí que las relaciones variadas sean un síntoma de buen funcionamiento, de normalidad. “Deberías ser un poco más promiscua”, le dice una amiga a la protagonista al confesar que lleva cuatro meses saliendo con el mismo hombre.
Educación y soma
Los bebés y niños de un mundo feliz son adiestrados durante el sueño. Se trata del aprendizaje por hipnopedia. Mensajes como “¡Yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones son todavía peores. [...] Me alegro mucho de ser un Beta” martillean los cerebros dormidos, pero alerta, de los pequeños para hacerles adultos felices y seguros. No solo los niños y no solo durante el sueño se emiten estos mensajes. En el mundo feliz resuenan con insistencia mantras como: “Me gusta volar” o “Me gusta tener vestidos nuevos. Tirarlos es mejor que remendarlos”. A nadie parecen molestarle salvo al anormal de Bernard Marx, quien en un momento exclama: “Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones crean una verdad. ¡Idiotas!”.
El soma es la droga oficial de un mundo feliz. Su uso no solo está generalizado sino recomendado cuando los personajes tienen dudas, crisis o simplemente cuando quieren disfrutar más, sentirse mejor o ser los más felices de un mundo feliz. El Estado se encarga de ello. “Un gramo de soma cura diez sentimientos melancólicos”, dice la novela. “Tiene todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, sin ninguno de sus efectos secundarios”.
Dosis de anormalidad
En la sociedad perfecta pocos resquicios hay para la anormalidad y sin embargo... Algo falló a la hora de concebir a Bernard Marx. Es uno de los seres dotados de mayor inteligencia, pero apocado físicamente. Y eso no es lo más grave, lo realmente grave, peligroso, es que tiene sentimientos, intuiciones que van más allá de la realidad que con tanto esmero han preparado para él. Su curiosidad le lleva a visitar lugares prohibidos, a buscar y establecer relaciones con otros inadaptados y finalmente le conducirá al exilio y al suicidio. Un aleccionador método de corrección de la incorrección.
La dosis más alta de anormalidad se concentra en la reserva de Nuevo México, un territorio salvaje donde los humanos siguen siendo sonrojantemente vivíparos, donde existen los viejos, los niños que maman, el sudor, la sangre y también la pasión, el sufrimiento, el amor. Con ese mundo asquerosamente antiguo establece contacto la extraña pareja que forman Lenina Crowne y Bernard Marx. De allí recogen a otra extraña pareja, la que forman John el salvaje y su madre, Linda, una antigua habitante del mundo feliz. Apasionado lector de Shakespeare, el salvaje se convertirá en la estrella, en el bicho raro del mundo feliz al que aterriza de la mano de Marx. ❖ Filosofía Hoy
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