Encuesta

Cuando, dentro del movimiento del 15 de mayo, uno escucha que alguien señala que no es ‘ni de izquierdas ni de derechas’, debe prestar mucha atención a quién es el emisor de tal mensaje. Porque con certeza no llevan lo mismo en la cabeza la persona de edad que arrastra experiencias y lecturas, por un lado, y el joven indignado que acaba de llegar a la tarea de la contestación, por el otro.
En el primer caso, el de la persona de edad, su ubicación ideológica a muchos nos resulta molesta. Es difícil no identificar detrás de aquélla un rictus de altivo desprecio frente a algo que merece, como poco, respeto: el trabajo de siempre de muchos militantes abnegados que, en la izquierda política, en la sindical o en la de los movimientos sociales, se han dejado la piel en la lucha por los derechos más elementales. La posición de quien, al respecto, cree estar por encima del bien y del mal arrastra las más de las veces un muy precario compromiso con los de abajo que invita a recelar del buen sentido de la apuesta consiguiente.
Harina de otro costal es la autoubicación del joven indignado, que merece un tiempo de reflexión y de diálogo. En el caso de aquél lo primero que corresponde reconocer es que, en efecto, tenemos problemas con lo que se supone que significan los términos izquierda y derecha en un país, y propongamos un ejemplo entre muchos, en el que el discurso mediático sostiene impertérrito que el Partido Socialista, con la que está cayendo, se halla emplazado en la izquierda. Los tenemos también –esto lo sabe, con certeza, la persona de edad– con muchas de las plasmaciones orgánicas del proyecto que cabe atribuir a la izquierda, lastradas por poderosos elementos que aconsejan concluir que poco o nada tienen que ver con la tarea de la emancipación. La certificación de que ello es así conduce a menudo a la ratificación orgullosa de un impulso –es difícil no simpatizar con él– en el que se dan cita un saludable escepticismo y una libertaria independencia. Un impulso, por añadidura, y volvamos al joven indignado, que obliga a respetar, bien que con algún mohín, su opción al tiempo que aconseja buscar sintonías –son fáciles de encontrar– más allá de las grandes categorizaciones ideológicas.
Admitamos, entonces, que una de las salidas posibles frente a los equívocos es la que pasa por automarginarse de lo que significan los dos vocablos mágicos que nos interesan y por buscar un terreno de juego diferente. Es una opción tan respetable como delicada. Respetable porque no se le puede negar fundamento material; delicada porque corre el riesgo de alejarnos de muchas gentes muy valiosas que, en un movimiento como el del 15 de mayo, y tras sopesar lo que significan la mayoría de los pronunciamientos de este último, no tienen mayor duda en lo que respecta a la ubicación del 15-M en la izquierda de los valores, de la igualdad y de la democracia de base. Pero delicada, también, porque ni está claro cuál es ese terreno de juego diferente en el que habríamos de movernos ni hay garantía alguna de que en él los equívocos no vayan a ser aún mayores.
Al final muchos de los problemas vinculados con las categorías izquierda y derecha beben de un hecho preciso. Si es verdad que una y otra están cargadas de dobleces que invitan a desecharlas, no lo es menos que a menudo se antojan mayores los desafueros que nacen de la búsqueda de otras posibilidades que las más de las veces nos dejan en blanco. Las cosas como fueren, y volvamos al principio, uno debe estar ojo avizor para identificar quién es el interlocutor con el hablamos. Y para reconocerle el mismo derecho.
Carlos Taibo es profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.
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