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Kierkegaard: de la angustia a la libertad

Precursor del existencialismo, dedicó su obra a la naturaleza de la fe, la angustia, la desesperación y la libertad. Su lema "La verdad es la subjetividad" caló en pensadores del siglo XX que lo reivindicaron con fuerza. Por Begoña Piña

 

Hijo de un comerciante luterano muy estricto,
Søren Kierkegaard (Copenhague, 1813–1855) recibió una férrea educación religiosa que determinaría su vida y su pensamiento “De niño fui educado austera y seriamente en el cristianismo. Por decirlo sin circunloquios, fue una educación insensata”. De su padre también heredó el gusto por la filosofía: asistía a las charlas filosóficas que su progenitor organizaba con sus amigos.

Su padre sedujo a su madre cuando esta servía como criada en su casa, probablemente antes de que muriera su primera esposa, lo que Kierkegaard descubrió en su juventud. Esto, junto con la muerte de seis hermanos y la maldición a Dios que escuchó lanzar un día a su padre, contribuyeron a crearle un carácter melancólico y depresivo.

Estudió en la Escuela de Virtud Cívica, donde destacó en Latín e Historia. En 1830 ingresó en la Universidad de Copenhague, donde continuó con Teología y, más tarde, Filosofía y Literatura.
Liberado de los rigores religiosos, se lanzó a una vida disipada. Al mismo tiempo aumentaron sus episodios depresivos y, como confesó en sus diarios de juventud, llegó a pensar en el suicidio.

En 1837 conoció a Regina Olsen, una niña de 14 años, de la que se enamoró inmediatamente. Tuvo que esperar a que la chica fuera confirmada para comprometerse con ella. Pero, convencido de que no podría hacerla feliz, rompió el acuerdo. A pesar de los ruegos de Regina para que volviera con ella, no lo hizo. La amó durante toda su vida y, de hecho, le dejó en herencia todo lo que poseía a su muerte. De aquel episodio nacieron textos como Temor y temblor o Repetición, donde hablaba de un joven caballero que abandona a su amada. También determinante en su obra y su carácter fue su aspecto físico: tenía joroba.

Pensador religioso, en su obra habla de existencia, de desesperación, de angustia, de libertad... Y en ella destaca el concepto de ‘salto de fe’: una visión acerca de la forma en que los hombres creen en Dios. La fe no es una convicción racional, un individuo debe tener dudas para tener fe. En consonancia con esta línea de pensamiento, el filósofo desarrolló su fórmula más conocida: “La verdad es la subjetividad”, una sentencia que encuentra su máxima expresión en una vida de fe, según sus teorías. Subrayó la imposibilidad de reducir el mensaje cristiano a una doctrina. La verdad cristiana, para él, era una verdad existencial. Atacó y denunció con insistencia la decadencia de la iglesia cristiana en textos como Discursos cristianos, Las obras del amor, Prácticas del cristianismo o Discursos edificantes. Preguntó: “¿qué significa que todos continuemos (...) llamándonos a nosotros mismos cristianos según el Nuevo Testamento, cuando los ideales del Nuevo Testamento han muerto?”

Desarrolló lo que denominó el ‘pensamiento subjetivo’ y el ‘pensamiento sistemático’. Heredero del idealismo alemán y en polémica constante con Hegel, Kierkegaard interpreta el sistema como una totalidad cerrada. En él, los individuos crean su propia naturaleza a través de la elección, fuera de normas objetivas. En sus obras Sobre el concepto de ironía en constante referencia a Sócrates y O lo uno o lo otro, criticaba el pensamiento filosófico occidental desde Sócrates a Hegel.

La angustia es un elemento esencial en su pensamiento, que relaciona con el concepto de pecado original. Para Kierkegaard, la angustia es un sentimiento que domina al hombre, una voz de alarma que puede ser también tentación para un nuevo pecado. “El hombre no es consciente de la culpa porque peca, sino que peca porque es consciente de la culpa”. La frase más famosa de su obra referida a ello es: “La angustia es el vértigo de la libertad”.

Son conocidos los tres estadios de la vida de un hombre, según Kierkegaard: el estético; el ético, o de la responsabilidad; y el religioso, al que se llega mediante una relación subjetiva con Dios. En Diario de un seductor desarrolla el conflicto entre el ‘hombre estético’ y el ‘hombre ético’, consagrado al trabajo y al matrimonio. Otros títulos importantes de su carrera son El concepto de la angustia, Etapas del camino de la vida, La enfermedad mortal y El tratado de la desesperación. Para comprender bien su producción son fundamentales los Diarios, más de 7.000 páginas con las claves de su vida y su pensamiento.

Protagonizó una polémica pública con el crítico literario Peder Ludvig Møller y la revista El corsario. Durante meses, la publicación atacó a Kierkegaard, riéndose de su apariencia y de sus costumbres, lo que provocó el abandono de su actividad como escritor. “Respiraré más libremente ahora, permitiéndome algún trabajo literario ocasional en mi tiempo libre”.

Kierkegaard murió tras pasar un mes en un hospital. Fue enterrado en el Assistents Cemetery de Copenhague. Su sobrino protestó porque el oficio lo realizó la iglesia oficial, a la que su tío se enfrentó toda la vida.

La publicación en danés de toda su obra no facilitó su difusión. Hacia 1870 comenzaron a traducirse sus textos al alemán, pero hasta la primera década del XIX no se les prestó la atención debida. A partir de ahí su influencia fue creciendo y en el siglo XX, sus teorías sobre la angustia y el individuo se rescataron con fuerza. En los años 30, los existencialistas le reivindicaron como su precursor. No solo filósofos, también escritores y psicólogos mostraron su admiración por él.❖ Begoña Piña


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