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Montaigne: "Cagan los reyes y los filósofos, y las mujeres también"

"Soy un hombre; nada de lo humano me es ajeno”, decía Terencio. Y Montaigne podría haber dicho: “Soy filósofo y nada humano me es ajeno”. Él no desprecia ningún tema, por pequeño o desagradable que en un principio parezca. ¿Por qué? Porque se puede filosofar sobre cualquier cosa. Sobre esta también. Por Gabriel Arnaiz

Michel Montaigne filosofía hoy filósofo la frase
Cagar, como comer o practicar sexo,
es algo que forma parte de la vida de Montaigne, y de la vida de cualquiera de nosotros (también de los reyes y de las damas, por mucho que unos y otras se esfuercen en ocultarlo en público, y, por supuesto, de los filósofos, aunque estos tradicionalmente hayan guardado un pudoroso silencio sobre el tema –igual que con el sexo–, como si esos menesteres no les concerniesen), y no deberíamos avergonzarnos de ello. Pero lo hacemos. Y Montaigne filosofa sobre ello. Se pregunta: ¿Por qué despreciamos las funciones corporales más básicas y necesarias, como cagar o mear, o tener sexo? ¿Por qué nos avergonzamos de ellas? ¿Por qué no las consideramos como algo que también forma parte de nosotros y las integramos en nuestro modo de entender la vida, en nuestra filosofía?
Para Montaigne la filosofía no es una reflexión teórica y sin ninguna vinculación con la vida, sino que es una forma de vida, una manera de estar en el mundo. Al sabio se le conoce por cómo vive, por cómo encara los reveses de la vida, por su paz interior y su alegría (“la prueba más clara de sabiduría es una alegría continua”), incluso en los gestos más insignificantes. Según esta idea, “todos nuestros actos nos descubren. La misma alma de César que se muestra al ordenar y dirigir la batalla de Farsalia se nos revela al organizar las empresas amorosas y de ocio. Ha de juzgarse a un caballo no sólo viéndolo correr en un hipódromo, sino también viéndolo ir al paso, e incluso viéndolo descansar en la cuadra”.

Filosofía aplicada
Montaigne comparte la concepción práctica de la filosofía
que tenían las escuelas filosóficas de la Antigüedad, y se inspira en autores como Séneca o Plutarco (y también en Epicuro, Lucrecio, Sócrates o Diógenes) para aplicar en su vida diaria los principios filosóficos que las distintas corrientes (estoicismo, epicureísmo, cinismo y escepticismo) recomendaban poner en práctica. Para él, la filosofía no es simplemente teoría, sino –como diría Pierre Hadot– una forma de vida que hay que poner en práctica, una serie de “ejercicios espirituales” (o de “técnicas de uno mismo”, como prefiere llamarlas Michel Foucault) que hay que aplicar en uno mismo.
   Podríamos decir, pues, que Montaigne es el último filósofo antiguo, pues intenta vivir filosóficamente, como un filósofo de los de antes, de los que ya no quedan. Por eso, para él “la filosofía es siempre filosofía aplicada: a la muerte, al amor, a la amistad, a la educación de los niños, a la soledad, a la experiencia… No hay filosofía pura: sólo se puede filosofar a propósito de otra cosa, y esta es la filosofía verdadera”, dice André Comte-Sponville en Montaigne y la filosofía (Paidós, 2000). Y por eso también la filosofía es “ante todo, el amor, la búsqueda y el aprendizaje de la sabiduría” y “la actividad más urgente”. En las escuelas deberían enseñar a vivir, pues “se nos enseña a vivir cuando la vida ya ha pasado”. Lo verdaderamente importante es aprender a vivir, a vivir bien, y para esa empresa, la filosofía tiene mucho que decir. No olvidemos que, según Montaigne, hay “cien alumnos que han contraído la sífilis antes de llegar a la lección de Aristóteles sobre la templanza”.


Reivindicar lo cotidiano
Y esa es la razón por la que Montaigne es capaz filosofar a partir de cualquier cosa,
de cualquier experiencia, por muy poco filosófica que en principio nos parezca: ya sean los mocos (cuando reflexiona sobre el hecho de que en Francia esté mal visto sonarse los mocos con las manos y haya que hacerlo en un pañuelo, mientras que en otros lugares sí les parece correcta esta costumbre), las heces (¿por qué no? ¿Acaso no ha hecho algo similar Žižek con los retretes?), los pedos, las palabras malsonantes (el día en que la nodriza de su hija le obliga a pasar de largo sobre una palabra que podría sugerirle el miembro viril), la impotencia que a veces le sobreviene o los dolorosos cálculos renales.
Y en ningún momento se avergüenza de ello. ¿Por qué debería hacerlo? Todas estas acciones forman parte de él mismo, de nosotros mismos, y nos constituyen. Despreciarlas implicaría despreciar una parte de nosotros mismos, y Montaigne quiere “pintarse” al natural, que se vea su modo de ser “simple, natural y común, sin afectación ni artificio, porque es a mí mismo a quien pinto”. Incluso confiesa “que de buen grado me habría pintado por entero, y todo desnudo”. Y eso hace: se retrata con una sinceridad poco común en su época, e incluso en la nuestra, pues ¿qué filósofo actual se atrevería a confesarnos que le gusta hacer de vientre por la mañana, que tiene el miembro viril pequeño o que sufre problemas de erección?
   En el fondo, Montaigne no hace otra cosa que intentar “reconciliarse con su cuerpo, tras largos siglos en los que la filosofía, la religión y la propia medicina habían ido enemistando al ser humano con su propia corporalidad”, según nos explica Jesús Navarro en La extrañeza de sí mismo. Identidad y alteridad en Montaigne (Fénix, 2005), uno de los mejores análisis sobre este filósofo renacentista.


Curiosidad insaciable
Nada le es ajeno a este hombre curioso,
y por eso filosofará sobre las cuestiones más inverosímiles que uno pueda imaginar. Sobre si el semen del hombre procede de la médula espinal, tal como dice Platón. Sobre si es cierto el rumor de que el sexo con las cojas es más placentero: por lo que comenta las diversas hipótesis que entonces se barajaban, entre otras, la de Aristóteles –que ya se había ocupado de esta extraña cuestión en su momento–, para concluir que el busilis de la cuestión no es que esto pueda ser cierto, sino que solemos creer toda clase de chismes y no sometemos a examen las opiniones que escuchamos o leemos. Sobre si un pez rémora puede ser tan fuerte como para no dejar avanzar un barco sólo apretando los labios y succionando sobre él. Sobre su gato: “Cuando juego con mi gata, ¿quién sabe si yo no soy un pasatiempo para ella más de lo que ella es para mí?”, lo que le lleva a reflexionar acerca del parecido entre los humanos y los animales, acercándose así a la sensibilidad actual –que se inicia con el utilitarismo de Bentham– y distanciándose de la concepción dominante durante muchos siglos –la de Descartes–, que consideraba a los animales como simples autómatas. Sarah Bakewell cuenta en su espléndido libro Cómo vivir: una vida con Montaigne (Ariel, 2011) que “la interacción de Montaigne con su gata es uno de los momentos más encantadores de los Ensayos. Capta su creencia de que todos los seres comparten un mundo común, pero cada criatura tiene su propia forma peculiar de percibir ese mundo”. Incluso algún crítico ha llegado a afirmar que “todo Montaigne se encuentra en esa frase informal”.
O sobre las tribus caníbales del Nuevo Mundo, de las que llega a decir que “nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones, a juzgar por lo que me han contado; lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a su costumbre; en realidad, me parece que no tenemos otro punto de referencia con respecto a la verdad y la razón que el ejemplo y el modelo de las opiniones del país donde nos encontramos. Ahí está siempre la religión perfecta, el gobierno perfecto, el uso perfecto y acabado de todas las cosas”, con lo que se adelanta en varios siglos a las posturas filosóficas de Rousseau –y su valoración positiva del “buen salvaje”– o de Lévi-Strauss en Raza e Historia. No olvidemos que, como nos recuerda Jesús Navarro, “para ser capaz de pensar por uno mismo es preciso distanciarse del nosotros en el que uno ha nacido, extrañarse de su propia cultura, sentirse otro mediante el contacto con el exotismo”.


Por dónde empezar
Seamos sinceros: la lectura de Montaigne no es fácil.
No sólo porque el conjunto de todos los ensayos que escribió a lo largo de toda su vida –en total, 107– ocupan un número más que considerable de páginas –más 1.700 en la edición de Acantilado–, sino por el estilo esencialmente digresivo del autor (él mismo reconoce que la mayoría de las veces los títulos de sus artículos no reflejan el verdadero contenido de estos) y por las continuas citas en latín con las que acostumbra a apuntalar sus opiniones, en total, unas 13.000 (lo que equivale a una media de siete citas por página).
De ahí que hayamos decidido facilitar la tarea al lector, ayudándole a transitar por la selva montaigniana y sugiriéndole diversas opciones de lectura que puedan facilitar el acceso a su obra. De todas formas, no deberíamos amilanarnos ante la hercúlea tarea que supone la lectura completa de los Ensayos; no olvidemos que son el fruto de más de dos décadas de trabajo. Dedicándoles media hora de lectura al día –unas diez páginas por día–, en menos de seis meses conseguiríamos terminar los tres libros que componen esta obra.


Para osados, cómodos y apresurados
A quienes no les asustan los libros voluminosos,
les recomendamos la esmerada traducción de Jordi Bayod Brau que ha publicado la editorial Acantilado partiendo de la edición de 1595 realizada por Marie de Gournay. Para los que, como yo, prefieran leer en la cama o recostados cómodamente en un sillón, les recomendamos la edición en tres manejables volúmenes que prepararon Dolores Picazo y Almudena Montojo para Cátedra.
Para quienes deseen tener una idea genérica de los temas que trató Montaigne sin pasar por las engorrosas citas en latín, les proponemos la polémica selección de fragmentos de los ensayos que preparó André Gide para un público norteamericano que ha editado Tusquets con el título de Páginas Inmortales. Son sólo 180 páginas, y la introducción de Gide es de imprescindible lectura.
Los que quieran algo todavía más breve, les sugerimos la reciente selección de aforismos montaignianos que ha preparado Jaime del Rosal para la editorial Comanegra con el título de Pensamientos (partiendo también de la edición de 1595), y que incluye también las 57 máximas que Montaigne mandó grabar en las vigas de su biblioteca (y que aún hoy pueden verse si uno visita la torre del castillo donde el filósofo francés pasaba la mayor parte de su tiempo).
Quienes opten por leer íntegramente una muestra representativa de los artículos de Montaigne, para hacerse una idea del estilo y temática de este singular filósofo, deberían decantarse por alguna de las dos selecciones de ensayos que actualmente existen en nuestro país: Ensayos escogidos, de Edaf, donde Enrique Azcoaga ha reunido doce de los ensayos más conocidos del filósofo, entre los que se encuentran el célebre “Que filosofar es prepararse a morir”, o Maestro de vida, editada por Debate, que incluye fragmentos de quince ensayos y algunas partes de su viaje por Italia.


Selecciones de ensayos
Para los que quieran aproximarse únicamente a algunos aspectos
específicos del autor, pueden leer algunos de los opúsculos que han aparecido recientemente y que incluyen sólo tres o cuatro ensayos. Por ejemplo, La educación de los hijos, de la editorial Veintisiete Letras, recoge tres de sus ensayos más conocidos: “De la educación de los hijos”, “De la pedantería” y “De los libros”. Todo educador debería leer obligatoriamente estas páginas.
 Biblioteca Nueva, por su parte, ha publicado El cuidado de sí, que contiene los últimos cuatro artículos del tercer libro de los Ensayos (“Gobierno de la voluntad”, “De los cojos”, “De la fisonomía” y “De la experiencia”), junto con un extensa introducción de Daniel Melgo –más de cien páginas, si incluimos la cronología–, donde contextualiza el pensamiento del autor (lástima que la traducción de los ensayos sea bastante añeja).
 También se puede consultar Sobre la vanidad y otros ensayos, de Valdemar, que reúne los ensayos “Sobre la amistad”, “Sobre el arrepentimiento” y “Sobre la vanidad”.
Pero da igual el libro elijamos de Montaigne. Aunque traten diversos temas, todos hablan de lo mismo: de cómo llevar una vida más plena y más lúcida. Eso es todo. ¿Te parece poco?  ❖ Gabriel Arnaiz


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