Para cuestionar y descubrir tu mundo

La palabra libertad ocupa un lugar protagonista en tantas parcelas de la vida social actual y es proclamada, en todos los casos de manera solemne, con connotaciones casi religiosas, puesto que remite a una suerte de valor abstracto y universal tan incuestionable como imposible de definir de forma clara.
Así, por poner un ejemplo de actualidad, el movimiento 15M sería una corriente de opinión y actuación civil que postularía un aumento general de la libertad de los individuos en orden a ser fieles a su propia conciencia en un contexto que garantizara unos justos dinteles de dignidad y bienestar, a la vez que exigiría ver aumentada la capacidad de autogestión democrática de la propia sociedad contra las coerciones y constreñimientos ejercidos desde la economía o la política institucional. Ahora bien, ese horizonte de emancipación individual y colectiva que plantea como meta el movimiento de los indignados se bate contra otra libertad, la de mercado, que entiende que la prosperidad de una sociedad depende de la actividad sin trabas de fuerzas económicas que, en pos del beneficio, gestionan recursos y generan productos, abandonadas a las leyes de la oferta y la demanda.
Pero ese antagonismo presumido entre libertad individual o colectiva de un lado y, del otro, la libertad mercantil en que se funda el poder de los bancos y las grandes empresas se vería desmentido por aquellas corrientes de pensamiento en las que liberalismo y libertarismo se confunden o más bien se funden. Sería el caso, por ejemplo, del anarcocapitalismo o anarquismo de propiedad privada, esa filosofía que intuyera caricaturizado Fernando Pessoa en su El banquero anarquista (1922) y que luego se formalizaría doctrinalmente en los años cincuenta de la mano de Murray Rothbard, para culminar en la escuela austriaca y expresarse –moderada como minarquía– en la obra teórica de Milton Friedman y los economistas de la Escuela de Chicago. Fundamentos: supresión del Estado; desactivación de lo público para sustituirlo por la iniciativa empresarial, la caridad o acuerdos comunitarios, y conducción a sus últimas consecuencias de los principios de soberanía individual, siempre en un contexto definido por una ética de la propiedad privada y la hegemonía del comercio voluntario y autoregulado, desprovisto de toda interferencia externa a sus procesos endógenos. Es decir, la libertad.
La paradoja está servida. Si alguna forma de organizar la sociedad podría reclamarse defensora y en buena medida inventora de la libertad sería la capitalista, la misma en función de cuyos intereses millones de seres humanos, en todo el mundo, son privados de la libertad de vivir decentemente, incluso de la posibilidad de vivir a secas.
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