Para cuestionar y descubrir tu mundo

¿Indignarse –así, en general, sin más especificaciones ni matices– es de izquierdas? He aquí una de esas engañosas preguntas que, conforme uno va reflexionando acerca de ella, va obteniendo diferentes tipos de respuesta.
Si uno piensa –como resultado poco menos que inevitable de su manifiesta visibilidad pública– en el movimiento de los indignados, la respuesta que surge en primer lugar, casi espontáneamente, es afirmativa. La mayor parte de cuestiones que ha generado la indignación del movimiento del 15-M tiene que ver con injusticias sangrantes o con reivindicaciones de equidad que habían sido tradicionalmente banderas de la izquierda (casi en todas partes –de Jerusalén a Madrid, pasando por Nueva York o muchas otra capitales del mundo– se ha manifestado en la oposición a los recortes sociales de los gobiernos, o a los implacables desahucios ejecutados por la banca, a continuación de recibir ésta cuantiosísimas ayudas oficiales).
Pero, en segundo lugar, también parece evidente, por no decir obvio, que, en la medida en que podemos afirmar que la indignación es un sentimiento, se encuentra situado más allá (o más acá: depende de la ubicación del observador) de particulares opciones políticas. De ahí que, al menos en un primer momento, le resultara tan fácil a sectores conservadores sumarse a ese registro, (sólo que atribuyendo en última instancia el origen del mismo a la gestión de la izquierda gobernante). De la misma manera que les resultaba fácil, incluso a los que se oponían a las concretas reivindicaciones del 15-M, hacerlo desde esa misma sensibilidad (el fácil juego de palabras de quienes, creyéndose muy ingeniosos, proclamaban: “Yo con quienes de verdad estoy indignado es con los indignados”).
No obstante –tercer nivel de respuesta– sigue siendo posible señalar que, considerando la cosa desde un punto de vista histórico, lo que ha definido la línea de demarcación entre la derecha y la izquierda ha sido precisamente su diversa actitud ante lo real. Al identificar a la primera con una actitud conservadora y a la segunda con una transformadora, se estaba dando a entender que, frente al supuesto acomodo de la derecha, lo propio de la izquierda es la irrenunciable voluntad por transformar (puesto que se supone que le resulta insoportable: no perdamos en ningún momento la indignación de vista) lo que hay.
Pero –finalicemos ya la relación– esta manera de hablar hace tiempo que parece haber entrado en crisis y necesitar de profunda revisión. En alguna otra ocasión he recordado aquel comentario del fallecido Manuel Sacristán según el cual el término “conservador” se había convertido en un término profundamente inadecuado: los conservadores de nuestros días lo único que conservan es el registro de la propiedad, señalaba con ironía. Era una forma de afirmar que la compulsión por transformar (se supone que previa indignación mediante, fuera cual fuera su grado y modalidad) había dejado de ser progresista, de advertir que estábamos entrando en una época en la que el único horizonte que tal vez les iba a quedar a los que antaño luchaban por la emancipación sería la mera defensa de la supervivencia del género humano. Treinta y pico de años después se puede afirmar, sin el menor mínimo riesgo a equivocarse, que es ahí donde estamos plenamente instalados, con una izquierda dividida en diversos sectores cuya diferencia fundamental no pasa por lo que quieren transformar sino por lo que luchan desesperadamente por salvar (el Estado del Bienestar, la capa de ozono, algunos derechos civiles, determinadas especies animales, etc.)
Visto que así la cosa no termina de quedar clara, parece conveniente variar de estrategia. Si el eje
de la diferencia entre derecha e izquierda ya no parece pasar al menos inequívocamente por un registro como el de la indignación y, por otro lado, se ha convertido en un lugar común la afirmación de que los contornos teórico-ideológicos aparecen hoy más borrosos que nunca, ¿a qué carta quedarnos? ¿A la de que se impone hacer pasar la señalada diferencia por otro lugar? ¿O más bien a la de que la diferencia misma ha devenido irreversiblemente obsoleta?
Esta última posibilidad presenta un severo inconveniente para ser aceptada sin más, y es la de haber sido defendida, desde hace más de medio siglo, precisamente por destacados publicistas conservadores con el inequívoco objetivo de neutralizar la esfera política. No se está diciendo, entiéndaseme bien, que el diagnóstico carezca por completo de sentido: es evidente que en una hipotética sociedad futura absolutamente reconciliada (por decirlo more hegeliano), sin antagonismos ni desgarros, sin injusticias ni contradicciones, la idea de que el gobierno de los hombres se identificara con la mera gestión de los bienes, con la inteligente administración, por parte de los técnicos, de los recursos disponibles resultaría perfectamente aceptable. Pero en un mundo como el nuestro, amasado de dolor, plantear esa propuesta como si fuera ya realmente posible, no deja de constituir una manera de intentar ocultar justo aquello que urge solucionar o, como mínimo, aliviar.
Ni la solución ni el alivio pueden plantearse al margen de un proyecto político en un sentido máximamente amplio. Tal vez en esta última puntualización se encuentre una de las claves para un adecuado replanteamiento de la cuestión. La estrecha identificación entre la actividad política y la forma concreta (profesionalizada, corporativizada, mediatizada, etc.) de dicha actividad, o entre la política y lo político, si se prefiere decirlo a la manera de algunos clásicos de la politología, ha acabado por tener consecuencias abrasivas para la constitución de un nuevo modelo de comunidad que intentara solucionar sus problemas de manera equitativa y razonable. En vez de esto último, ha generalizado la imagen (y, lo que es peor, extendido el convencimiento) de que apenas nada relevante se juega en la contraposición politiquera entre derecha e izquierda. Qué quieren que les diga.
A mí, la verdad, me parece una pena.
MANUEL CRUZ es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona.
C/ Príncipe de Vergara Nº109.
•28002 Madrid.
•Tel.:91 447 12 02
•Fax:91 447 10 43.