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Jesús Mosterín: Filosofía animal

Es el más conspicuo representante de los derechos de los animales en nuestro país y el más firma defensor de una "conciencia animalista" en el campo filosófico. Con él hemos hablado de esto y más.

Mosterín

Desde que colaboró con Rodríguez de la Fuente no ha dejado de recordarnos nuestro parentesco con otros animales y de abogar por incluirlos dentro de nuestro “círculo de la compasión”. Lleva décadas batallando para que se prohíban las corridas de toros, la caza, los experimentos con animales y demás “salvajadas pueblerinas” (como el Toro de la Vega) que caracterizan a nuestro país. Recientemente, ha publicado dos grandes obras sobre “la gran familia animal”: El reino de los animales y El triunfo de la compasión. Es también uno de los máximos representantes de una filosofía asentada en la ciencia, heredero de esa gran filosofía que empezó Aristóteles y continuaron Descartes, Leibniz, Kant o Russell (pero también Newton, Darwin y Einstein), y cuya mejor representación hispana en el siglo XX la constituyen Ferrater Mora, Mario Bunge o Roberto Torretti (con quien ha escrito Diccionario de lógica y filosofía de la ciencia).

Eres uno de los pocos filósofos en España cuya reflexión filosófica está muy vinculada a la de la ciencia. ¿Cuál es la relación entre la ciencia y la filosofía?
En España suele traducirse episteme por “ciencia” y philosophia por “filosofía”, pero en griego clásico las dos palabras eran sinónimas, porque entonces los filósofos eran científicos, y los científicos, filósofos. ¡Y lo siguen siendo! Si Aristóteles resucitase hoy y fuese a pedir trabajo a cualquier universidad actual, el rector no sabría en qué facultad colocarlo. Hizo grandes contribuciones a la astronomía, a la historia del derecho, a la lógica, a la retórica, a la ética, a la política y, más que de cualquier otra cosa, al estudio de los animales, lo cual significa que este tema debía ser el que más le interesaba. Pero no fue solo un zoólogo; fue muchas otras cosas. Y lo mismo se puede decir de Descartes, de Leibniz o de un filósofo tan puro como Kant, cuya primera obra fue sobre astronomía. Podríamos poner otros muchos ejemplos que muestran que los grandes filósofos normalmente han tenido un contacto muy estrecho con la ciencia, y lo mismo ocurre con los grandes científicos. Einstein, Newton o Darwin fueron grandes filósofos. Si leemos las obras de los clásicos, la frontera entre la filosofía natural (que es lo que ahora llamamos ciencia) y la filosofía moral y política (que hoy sería la filosofía a secas) siempre ha sido difusa. Esto no quiere decir que no podamos distinguir a un filósofo. Ya Platón decía que el filósofo es el que tiene la visión de conjunto, el que se ocupa de todo. Aristóteles, Leibniz, Russell o yo mismo nos ocupamos de muchas cosas. La ciencia actual está muy especializada y para hacer que siga avanzando tiene que seguir así, de tal modo que cada vez sepan más sobre menos. La visión que nos da este tipo de ciencia es la de un espejo roto de la realidad, cuyos fragmentos hay que recomponer para recuperar una visión global de la realidad que nos rodea. Y esa es la misión del filósofo.

¿Qué diferencia hay entre uno y otro?
El sentido crítico. Hay dos cosas que no son filosofía: el cientifismo y el anticientifismo. El cientifismo consiste en creerse todo lo que dicen los científicos... y no todas las ideas son válidas. Como ahora mismo, cuando una eminencia científica se pone a hablar sobre sexo o política sin que lo que diga esté refrendado por la ciencia. Incluso dentro de la misma ciencia, hay teorías que son importantísimas y muy sofisticadas, pero que no tienen ningún apoyo empírico. ¡Hay que afinar! El principal defecto que tienen los libros de divulgación científica es que no distinguen el grano de la paja: algo es científico no por el hecho sociológico de que lo diga un miembro de la comunidad científica, sino por el hecho metodológico de que a esa conclusión se llega utilizando el método científico.

¿Por qué crees que la filosofía en español es tan ajena a la ciencia?
No es tan ajena. En español siempre ha habido (y sigue habiendo) poca filosofía, pero la que ha habido tampoco está tan apartada de la ciencia. Tenemos, por ejemplo, a Mario Bunge, y antes de él, a Xavier Zubiri y Ferrater Mora.

Pero la filosofía que domina en el panorama hispano es la filosofía continental, profundamente anticientífica, y estos filósofos son más bien ejemplos aislados.
Yo creo que los filósofos hispanos mejores y más conocidos, tanto en España como Latinoamérica, no están especialmente alejados de la ciencia. Lo que pasa es que requiere un poco de conocimiento y esfuerzo para entenderla, lo mismo que si uno quiere leer a los clásicos griegos en el idioma original: tiene que aprenderlo. A la gente que no tiene ninguna ambición intelectual y que está en algún puestucho de profesor para ir tirando, les da pereza ponerse a estudiar y quizás les resulte más fácil comentar textos... Lo que pasa es que yo a eso no le llamo filosofía…

¿A qué llamas tú filosofía?
A la “gran” filosofía, la que se parece a la de Aristóteles, Descartes, Leibniz, Kant o Russell, y todas estas personas de las que hemos estado hablando. La filosofía comenzó con los presocráticos preguntándose de qué estaban hechas todas las cosas, pero también preguntándose qué es la vida, qué es el hombre, de dónde venimos, a dónde vamos, cuál es el origen del mundo, etc. Yo diría que es la actividad que consiste en hacerse las grandes preguntas y tratar de responderlas, y esto interesa a todo el mundo, no solo a los licenciados en filosofía.

La gran mayoría de tus libros son para el gran público. ¿A qué es debido esto?
Si escribo una cosa muy técnica de lógica o matemáticas, solo lo entenderán cuatro gatos. Pero este tipo de especialización técnica no ocurre con la filosofía. Cualquier libro de los filósofos anteriores se puede entender. En el idealismo alemán hay una tradición de escribir cosas que no significaban nada y eran pura palabrería. Hay muchas anécdotas atribuidas a diversos pensadores: “¿Lo entiende usted, señorita? ¿Sí? Pues devuélvamelo, que vamos a oscurecerlo.” Por ejemplo, ese escritor de cosas abstrusas (no sé muy bien cómo calificar a Heidegger), que decía cosas que nadie entendía. Los que mejor lo entendían eran los que lo leían ya traducido, pues normalmente el traductor lo mejoraba mucho, porque trataba de hacerlo más inteligible. Pero si uno lo lee en alemán no entiende absolutamente nada. Por ejemplo, “la nada nadea” y “el habla habla”. Si la nada “nadea”, el vaso “vasea” y el zapato “zapatea”. Estas cosas no significan nada. Y no quiero decir que para entender estas cosas de Heidegger o Hegel, al que yo no llamaría filósofo…

¿Por qué no piensas que Hegel sea un gran filósofo?
Para mí la filosofía tiene una vertiente teórica y una práctica. La vertiente teórica trata de suministrarnos un conocimiento de la realidad. Aristóteles trataba de saber de qué están hechas las cosas, de qué estamos hechos nosotros, cómo son las órbitas de los planetas, qué función tiene el cerebro y el corazón en nuestro cuerpo, etc. Trataba de comprender la realidad. Y Kant también. Pero a principios del siglo XIX, coincidiendo con el apogeo del romanticismo en Alemania, se reordenó la Universidad de Berlín y se dijo a los que estaban allí mezclados haciendo filosofía y ciencias que los iban a separar. Todos los que sabían algo de alguna cosa, fueron a los departamentos de ciencias. En filosofía se quedaron los que no sabían nada, y les añadieron teólogos y críticos literarios. Hegel dice cosas como que cuando la idea sale fuera de sí misma y piensa en sí misma, tiene nostalgia de sí misma y, entonces, en este ir y venir entre sí misma y el fuera de sí misma, le entra una especie de tembleque y así surge la electricidad. Y lo dice en la misma época en la que Maxwell y Faraday desarrollan la teoría electromagnética. Así aparece un tipo de discurso aburridísimo e ininteligible que va degenerando y desemboca en Heidegger... Yo distinguiría entre la “gran” filosofía y la “pequeña” filosofía. Y hoy día hay mucha pequeña filosofía, algo que tiene ciertas ventajas.

¿Como cuáles?
Si quieres decir algo sobre la estructura del vidrio, por ejemplo, tienes que estudiar cristalografía, química, etc., y eso es más complicado. Pero para decir que “el vaso vasea” no hace falta. Puedes decir cualquier parida, como que “el vaso es la concreción posmoderna de la nostalgia del ser ahí”. Por otro lado, hay un interés muy grande por la filosofía como dimensión humana. A la gente le interesa mucho la filosofía, incluso a los científicos, que hace tiempo que hacen más filosofía que los propios filósofos. Los libros de Dawkins o Hawking se venden como rosquillas porque la gente quiere filosofía, y como los filósofos no se la dan, la buscan en los científicos.

Entonces, ¿se puede hacer buena filosofía al margen de la ciencia?
Es imposible. Te voy a poner un ejemplo: hasta hoy no se había podido hacer antropología filosófica, porque para hacer filosofía de algo hay que empezar por conocer ese algo, y no se sabía nada del ser humano. Aristóteles pensaba que el cerebro era un refrigerador y las cosas que decía Descartes sobre la glándula pineal son totalmente demenciales. Hace cien años no se sabía que había genes, ni neuronas ni sistema nervioso, por eso los filósofos no podían hacer antropología filosófica. Lo único que podían hacer era definiciones absurdas como “lo simple es lo que no se compone de partes. El alma es simple, por tanto, inmortal”. Este tipo de juegos de palabras sí se podían hacer, pero no tenían nada que ver con la realidad. Otro podría decir que “el hombre es un grito en la noche”. Como poesía a lo mejor tiene gracia, pero no como conocimiento.

“Si quieres saber cómo es un animal, mírate al espejo”, dices en El reino de los animales.
Para conocernos a nosotros mismos tenemos que saber de dónde venimos y de qué animales hemos heredado nuestras características. A veces la gente habla sin saber. Por ejemplo: los alimentos transgénicos. Nosotros somos los animales más transgénicos de todos, pues tenemos entre un 98 y un 99% de genes de otras especies (de bacterias, de medusas, etc.) y solo un 1% de genes propios.

Cuentas también que, cuando te mueras, quieres que los buitres te coman...
Hay diversas maneras de tratar los cadáveres, y en general, la naturaleza lo que hace es reciclar los compuestos orgánicos: unos organismos se comen a otros cuando nos morimos. Si me dan a elegir, yo prefiero que me coman los buitres. Una vez muerto, a mí me dará igual; ya no tendré preferencias. Me parece bonito que me coman, entre otras cosas, porque luego iré volando con ellos por los aires. Anatole France dejó escrito en su testamento que quería que con su piel hicieran una maleta y se la entregasen a alguien que se comprometiese a usarla para viajar. Lo que menos me apetece es que me incineren, porque una vez que me muera dejaré una serie de moléculas que a la naturaleza le habrá costado formar, y me parece un desperdicio destruirlas. Y si no me pueden comer los buitres, por lo menos que me coman las hormigas, o cualquier otro organismo.

Hablas también de la eutanasia. En La cultura humana dices que “la muerte mejor, la más deseable, la más acorde con la autonomía humana es el suicidio racional, sereno y asistido”.
A mí me parece que el suicidio es la manera más racional de morirse: que uno elija cuándo ha vivido suficientemente y a partir de qué momento la vida le va a deparar más problemas que satisfacciones. A partir de entonces, lo más lógico es suicidarse. Hemos heredado una serie de tabús de origen religioso, como que la vida no nos pertenece y que si nos suicidamos se la estamos robando a Dios. No sé si sabes que hoy día la mitad del gasto sanitario se produce prácticamente durante el último año de vida de los enfermos. Hay gente que vive muy bien hasta los 90 años y entonces tiene un problema, empiezan a rajarle, a ponerle anestesia, a meterle tubos, etc. En vez de 90 años le hacen vivir 91, y el último, que para la colectividad es carísimo, para él es un infierno. Yo pediría que me matasen de una manera civilizada, que es la mejor manera de matar. Creo que lo mejor es que estas cosas las decida uno mismo, y si a mí me dicen que tengo preparado un programa de operaciones durante el próximo año, les digo que no.

El público en general te conoce por tu postura en contra de las corridas de toros, que has defendido en A favor de los toros.
El 99,9% de los seres humanos piensa que organizar un espectáculo en torno a la tortura de un ser sensible que sufre horrorosamente es una barbaridad. Hace unos años, un empresario taurino preguntó al gobierno alemán sobre qué le pasaría si organizase allí una corrida de toros y la respuesta fue que, en el momento mismo de anunciarlo, sería detenido e introducido sin fianza en prisión. Esta es la actitud que actualmente hay en el mundo civilizado. Cuando tú ves que en África tienen la costumbre de cortar el clítoris a las mujeres y te dicen: “Usted es un imperialista, porque esto es aplicarnos a nosotros la ética occidental”. ¡Qué imperialista ni qué niño muerto! Compartimos el 99,9% de los genes y los clítoris de las africanas no son distintos de los de las europeas o las chinas. Corridas de toros hubo en toda Europa, incluso en Inglaterra, donde se prohibieron a principios del siglo XIX como resultado de la crítica que hicieron los filósofos ilustrados. Se prohibieron en todos los demás países menos aquí, porque en España la Ilustración fue muy débil. Carlos III prohibió las corridas y Jovellanos hizo propaganda para prohibirlas. ¿Por qué se restablecieron? Porque vino Fernando VII, que restableció el absolutismo, la Inquisición y las corridas de toros.

¿Por qué hablas tanto de los animales y especialmente de los toros?
Porque son un tema muy interesante. Yo soy un animal, y por tanto, me intereso por mí mismo por pura vanidad y escribo sobre los animales para escribir sobre mí mismo. El reino de los animales y El triunfo de la compasión son dos libros muy aristotélicos, pero lo de los toros es una cuestión de filosofía práctica y la explicación es coyuntural: porque vivo en España. Cuando estoy en Japón hablo de la caza de las ballenas, y cuando estoy en EE.UU. hablo de su costumbre de portar armas, que me parece y absurda. En cada sitio que estoy hablo de los problemas de allí. Pienso que, a la larga, todas estas barbaridades se suprimirán. Lo que pasa es que así como hay una cosa que se llama el racismo y el nacionalismo, existe otra que se llama el especismo, y todas ellas son variedades de una postura irracional en cuestiones éticas que consiste en decir que los actos no hay que juzgarlos por sí mismos, sino en función del grupo al que pertenece el que los hace. Por ejemplo, si uno es racista, determinada cosa está bien si la hace un blanco y está mal si la hace un negro, solo porque es negro. Todas estas actitudes son profundamente antifilosóficas, pues esta exige argumentos universales.

En El triunfo de la compasión analizas los problemas éticos relacionados con los animales. ¿Cuál es el problema más importante en este sentido? ¿El vegetarianismo?
El vegetarianismo es una posición muy elevada moralmente. Resolvería muchos problemas: obesidad, diabetes y el problema de la alimentación, porque los mismos m² de tierra pueden alimentar a mucha más gente. A pesar de todo, no creo que haya argumentos suficientes para obligar a todo el mundo a serlo. De todas formas, el problema ético más importante no está ahí, sino en la ganadería intensiva. Yo tengo gallinas y están genéticamente preprogramadas para escarbar el suelo. Tenerlas en alambradas donde no pueden escarbar, cortarles el pico, no dejarles estirar las alas, etc. es convertir su vida en un infierno. Nadie en su sano juicio defenderá que las gallinas tengan derechos humanos, pero sí podemos darles el derecho a vivir de forma natural. Aquí sucede lo mismo que en las corridas de toros: lo que es moralmente inadmisible es la tortura. No podemos torturar a un toro, ni a una gallina, ni a un niño, ni a nadie. En la declaración de los Derechos Humanos hay un solo derecho que no admite excepciones: el que afirma que los seres humanos tienen derecho a no ser torturados. La tortura siempre es inaceptable. Yo no tendría nada en contra de que se dejase suelto a un cerdo por las dehesas y luego nos preocupemos de matarlo sin dolor. Pero si al cerdo se le encierra en un cubículo minúsculo donde no puede andar ni relacionarse... no estoy de acuerdo. Hay una moral de mínimos y una moral de máximos y lo más urgente no es ser santos (moral de máximos), sino eliminar las crueldades más espantosas.

¿Y la caza? Lo digo por las polémicas fotos del rey Juan Carlos y de Blesa.

La caza también es una barbaridad. Tiene perfecto sentido para los animales predadores y para nuestros ancestros hasta el neolítico, pero hoy son cosas que deberían ser suprimidas. Todos saldremos ganando.
Me hubiese gustado hablar más tiempo con Mosterín, pero él tenía que irse. Me quedé con una especie de cogito interruptus. Otra vez será...
■ Gabriel Arnaiz


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