Para cuestionar y descubrir tu mundo

Toda la vida humana consiste en dos principios esenciales: lo que nos dice el lenguaje en una sociedad, al parecer, globalizada y el inmenso, multiforme, universo del amor y la amistad, origen de la ética. Ambos principios pueden tener una ladera oscura: la falsedad de las palabras y el odio de la fanatización y la ignorancia. Entender tales contradicciones es una empresa importante de la democracia y la educación: una lucha para que no impere la amenzante vertiente oscura”. Estas palabras, del prólogo del último trabajo de Emilio Lledó, alumbran uno de los objetivos del libro y una de las constantes a lo largo de la carrera del filósofo español vivo más importante de la actualidad.
Lledó es el filósofo de la educación. No solo de, sino por y para la educación. Recientemente, en un acto en Córdoba que celebraba el Día Internacional del Libro, Lledó afirmaba: “los humanos somos lo que la educación ha hecho de nosotros”. Comprender los recursos del lenguaje y la ética desde la época clásica de la filosofía es un excelente punto de partida para iniciar la larga marcha de la educación: de hecho es tener gran parte del camino recorrido.
Platón: diálogo con la vida
En El origen del diálogo y la ética. Una introducción al pensamiento de Platón y Aristóteles, Lledó propone una renovadora vuelta a los orígenes a través del examen del legado de Platón, Aristóteles y de los diversos estudios e interpretaciones, en la mayoría de los casos no erróneas o malintencionadas, pero sí anquilosadas en si mismas y acartonadas hasta dificultar la lectura original y desprejuiciada de los clásicos.
Lledó apuesta por la lectura directa de los clásicos, empezando por el Adán filosófico –así llama a Platón– para empezar a desmontar tópicos como los de la supuesta dificultad de su estilo o la de localizar en los diálogos quien es el verdadero autor de las palabras. Respecto al primer lugar común, Lledó afirma contundente que “no ha habido en toda la filosofía posterior ninguna obra filosófica tan viva y, por su misma viveza, tan inteligible”. Algo que Lledó fundamente en el uso del diálogo, pero no un diálogo que equivale a “una sucesión de monótonos discursos, puestos en boca de acartonados y convencionales personajes”, sino a un diálogo que pertenece verdaderamente “a la vida real”. Elemento privilegiado a la hora de dotarlos de relidad es la “topografía real que va a iniciar la topografía ideal de los conceptos”. Se refiere a esos: “¡Hola bello y sabio Hipias! ¡Tiempo ha que Atenas no recibe tu vista” o “¿de dónde sales, Sócrates?” que inician las conversaciones en cuyo curso surgen los problemas... tal y como ocurre en la vida real.
Respecto a la controversia sobre quién dice qué en los textos de Platón, Lledó se desmarca, genial: “No importa, en absoluto, saber qué nombre colocar como responsable de este inagotable torrente de opiniones, de este imborrable reflejo de una época y de los ingredientes teóricos que la constituyen (...). Cuando la filosofía se configura como pregunta escuchada, pero nunca plenamente respondida, como búsqueda, dificultad, encuesta, el pensamiento se dinamiza y gana así continuidad y, en consecuencia, futuro”.
Aristóteles: ética y lenguaje
Lledó comienza el análisis de Aristóteles advirtiendo de que “sus palabras se han incorporado, frecuentemente al discurso de sus intérpretes y han formado con ellos una amalgama en la que adquirían inesperadas, anacrónicas y sorprendentes resonancias”. De nuevo suscita en el lector el deseo, la necesidad quizá, de volver sobre los textos originales, una de las grandes virtudes de cualquier ensayo.
Frente a Platón, que ató su discurso a la vida, comenzando por la anécdota, Aristóteles lo “desarraiga” de ella para hacer de él una “experiencia nueva”, en un “espacio teórico alejado”. Es por tanto el primer ensayista de la historia.
En sus éticas –Lledó analiza pormenorizadamente las tres– , Aristóteles aplica a los hombres los métodos con los que había analizado los misterios de la vida natural y animal. Su originalidad, según el filósofo español es “haber sabido describir todo el complejo mecanismo que rige el silencioso transcurrir de nuestra intimidad y haber descubierto la materia real, las pasiones, los deseos, las deliberaciones que orientan nuestro “estar en el mundo”.
Un estar-en-el-mundo cuya complejidad se multiplica a la hora de analizar el espacio social. En ese contexto surge el análisis del bien, uno de los puntos donde, de forma más radical, se separa de la doctrina platónica ya que el Bien de Aristóteles es relativo, está siempre sometido a lo real. Además de él, nociones como la costumbre, la voluntariedad, la generosidad o la justicia son analizadas en el libro remitiéndose siempre a la fuente original. El emotivo análisis del lenguaje –“la ética es precisamente lenguaje”, defiende Lledó– ocupa un destacado papel en esta segunda parte del libro que, de hecho, acaba con reflexiones sobre palabras o expresiones como eudaimonía o in medio virtus. ❖ FilosofíaHoy
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