Para cuestionar y descubrir tu mundo
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Actuar es algo visible y por ello obvio. El no actuar se convierte en la simple nada. Rara vez la inacción es culpabilizada de resultados adversos. Si alguna vez la inacción es responsable de algo, por su parte la acción es claramente responsable de resultados no queridos en diez ocasiones. La omisión hace invisibles nuestras intenciones. Es inútil imaginar el posible resultado de una acción que no llegó a producirse.
Tus propias intenciones –las positivas y las perversas– siempre se reflejan en tus acciones. Incluso se atribuyen a tus acciones resultados que quizás no pasaron por tu cabeza. La omisión es hermética; siempre permite diversas interpretaciones pero nunca la convicción sobre el propósito que existía, o no, en tu mente. La inacción te permite manejar una estrategia de intereses amplía y la posibilidad de irlos adaptando u organizando de acuerdo a los hechos o las intenciones que te revelen los que no saben frenar su verborrea.
Generalmente, tanto el individuo como las colectividades están sedientos de acción. De forma que esperan que los jefes de las empresas, los alcaldes, los directivos de organizaciones, los entrenadores deportivos, los políticos en general, tomen decisiones sin pausa y actúen de forma contundente para conseguir mejorar resultados en los campos que les corresponden. Nada hay más decepcionante que una junta, una reunión cumbre que finalice sin un concreto programa de acciones precisas con el propósito de cambiar la realidad. Parecería que la realidad solo existe para ser cambiada.
Sin embargo el hombre no debería tener una opinión tan buena sobre los resultados de sus acciones o las de sus semejantes, sean dirigentes o no. En realidad, el hombre debería sentirse satisfecho y relajado cada vez que una reunión en la cumbre, una junta de accionistas o de vecinos de comunidad concluye sin acuerdo sobre un concreto plan de acción. El hombre debería llegar a esta conclusión, simplemente analizando el porcentaje de error en sus propósitos de cambiar la realidad y debería constatar cuanta malversación de esfuerzos implica cualquier decisión o acción, incluso aquellas tomadas con reflexión, debate y las mejores intenciones.
No es difícil darse cuenta desde la experiencia humana –la colectiva reflejada en la historia y la individual en la propia vida- que así como la atracción suya y de sus semejantes por actuar podemos valorarla en un máximo de 10, la probabilidad de alcanzar el acierto en las acciones no pasa del 5 y la mayor parte de las veces, no pasa de 2 ó 3.
Pensemos que Pascal, que tan decepcionado se mostraba con la atolondrada movilidad del ser humano, tenía sin embargo su propia experiencia, contradictoria con esa reflexión: Pascal fue un activo generador e inductor de ideas; a los diecisiete años publicó su primera obra “Ensayo sobre las cónicas” en el marco la geometría proyectiva y a los diecinueve ideó el primer antecedente de la máquina de calcular. Y después siguió sin parar.
Sin embargo, su análisis pesimista sobre la vacuidad del género humano le llevaba, por criterios estadísticos, a concluir que buena parte de los sufrimientos de sus semejantes eran consecuencias del exceso de acciones y movilidad del hombre, que no sabe quedarse sentado en su habitación mirando por la ventana.
Tenía derecho a pensar, por resultados empíricos, que mientras ese hombre permanecía en su casa no cometía errores con sus vecinos, no hablaba exhibiendo su ignorancia, no compraba lo que no necesitaba o no malvendía lo mejor que tenía. La simple inacción enriquecía su vida y daba paz a su alma, pensaba Pascal.
Entonces ¿porqué seguimos obsesionados por el presunto valor de la acción? Siempre que un fenómeno sospechoso como éste se asienta en la ingeniería genética del hombre hay que dirigir la mirada a nuestro orígen. Siempre está ahí la explicación que da sentido a una aparente confusión: el hombre es constitucionalmente hiperactivo. No importa cuantos individuos a tu alrededor parezcan indolentes y pasivos. Es una impresión parcial falta de rigor estadístico. Si elevas tu mirada y la sostienes en el tiempo verás que los grupos y los individuos son enloquecidamente hiperactivos. Teniendo en cuenta, todas las oportunidades que tienen de sobrevivir con muy baja actividad se vuelcan en dar y pedir explicaciones, planifican sin cesar, abren y cierran negocios, inician estudios que no terminan…
Posiblemente la hiperactividad de los individuos conviene y, sobretodo, ha convenido a la especie. Aún a costa del poco beneficio individual que aportaba. Con seguridad nuestros orígenes ancestrales premiaron de alguna manera la hiperactividad, basada e la secuencia de prueba, error, error, prueba, error… Y seguimos siendo todavía los descendientes hiperactivos de una ruda lucha por la supervivencia. ❖
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