Encuesta
Hay personas que con su sola labor son capaces de cambiar el curso de los tiempos en los que les toca vivir, de revolucionar un ámbito concreto o varios al mismo tiempo en casos excepcionales. Francisco Giner de los Ríos fue, junto a sus seguidores y estudiantes, un buen ejemplo de ello, cuyo trabajo marcaría como pocas veces antes una de las mejores épocas culturales que ha vivido España y donde su influencia es reconocida por casi todas las grandes mentes de una generación que tomó su testigo como ejecutores de la misma.
Su vida
Pero vayamos por pasos. Francisco Giner de los Ríos nació en Ronda, Málaga, el 10 de octubre de 1839, siendo el hijo primogénito en una familia de clase media formada por Francisco Giner de la Fuente, un funcionario de Hacienda, y Bernarda de los Ríos Rosas.
No existe mucho detalle en lo que a su infancia se refiere. Dio sus primeros pasos como estudiante en el colegio Santo Tomás de la ciudad de Cádiz, y años después recaería en el Instituto de Alicante. De ahí daría el salto a Barcelona para cursar la preparatoria de jurisprudencia de la Universidad Condal, residiendo en Granada poco después (licenciado en Derecho y bachiller en Filosofía), momentos en los que nuestro joven protagonista ya empieza a ser imbuido por las doctrinas krausistas, las cuales se esmera en leer y que despiertan su deseo de mirar a la enseñanza de un modo distinto, de convertirla en algo libre, sin interferencias, y que cumpla, no obstante, el que es -o debe ser- su principal cometido: sacar lo mejor de cada individuo.
El krausismo, doctrina ideada por Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), era un movimiento filosófico en alza que rechazaba todo dogmatismo y que defendía un nuevo tipo de educación, más libre e individualizada, en el que el colectivo no era lo primordial a priori. La enseñanza no puede ser mecánica, no debe basarse en la memoria únicamente. Ha de ser crítica, sintetizar ideas y concebirse como un diálogo del que extraer los conocimientos al tiempo que se disfruta con sus descubrimientos. Con estas ideas, Giner empieza a plantearse la idea de que la educación es el único medio capaz de transformar y reformar toda la sociedad de su época.
La base de esta doctrina le llegó a Giner de la mano de alguno de sus maestros y compañeros, como Julián Sanz del Río, Fernando de Castro y Nicolás Salmerón (quien sería años más tarde maestro de José Ortega y Gasset y antecesor del padre del raciovitalismo al frente de la Cátedra de Metafísica de la Universidad Central de Madrid), con muchos de los cuales coincidiría años después en Madrid, ciudad donde recaería, temporalmente, en 1856 y definitivamente pocos años después.
En 1863 comienza a trabajar como agregado diplomático en el Ministerio de Estado, al tiempo que comienza su etapa académica dentro de la Universidad central de Madrid, donde se doctoró en Derecho en 1865 y donde ganaría por oposición la Cátedra de Filosofía del Derecho y de Derecho Internacional un año después. También sería 1866 el año en que publica su primer libro, Estudios literarios.
Son años de gran tensión y polémica respecto a la educación, y ya en 1868 es suspendido de la Universidad por oponerse a la expulsión de sus respectivas cátedras de muchos de sus compañeros, todos ellos partidarios de las tesis krausistas como medio de resolver la cuestión universitaria. Tras la Revolución de 1868 (La gloriosa), que puso fin al reinado de Isabel II, algunos retornaron, entre los que se encontraba Giner, recuperando su puesto con motivo del decreto de libre enseñanza firmado por el entonces ministro de Fomento, Manuel Ruiz Zorrilla.
Durante esos años participó en numerosas reformas y actividades –aparte de sus continuas publicaciones tanto en prensa como en ensayos sobre derecho, filosofía, artes o educación– y establecería contacto con quien sería su más distinguido y fiel seguidor, amén de continuador de su futura obra: Manuel B. Cossío.
No obstante, los problemas con la autoridad de Giner estaban lejos de terminar. Volvería a ser expulsado en 1875 al mostrarse en contra del nuevo decreto que tenían como objetivo frenar, otra vez, la libertad de Cátedra. Detenido y enfermo, será trasladado a Cádiz, donde, mientras trata de recuperar su salud, comienza a planear, con sus discípulos y colaboradores, un gran proyecto: fundar por sí mismo una universidad libre que siga los principios que él cree que son los correctos. Giner está cansado de las luchas contra el poder y las imposiciones gubernamentales y decide que el mejor modo de llevar a cabo sus planes es ir por libre.
Dicho y hecho: el 29 de octubre de 1876 se imparte el primer curso de la Institución Libre de Enseñanza, de la cual Giner será profesor, director –durante los primeros años– de su boletín (el BILE, Boletín de la Institución Libre de Enseñanza) y finalmente rector a partir de 1880.
La ILE, a la que Giner dedicará el resto de su vida y obra, tendrá un impacto cultural extraordinario. Con él al frente, la Institución alcanzó la notoriedad nacional e internacional convirtiéndose en todo un referente de un nuevo modelo educativo sin ataduras y enorme calidad en el que participaron, antes y después de la muerte de nuestro protagonista, las más grandes mentes del país y Europa: Albert Einstein, Bertrand Russell, Gabriela Mistral, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Benito Pérez Galdós, Gregorio Marañón, Salvador Dalí, Julián Marías, Manuel B. Cossío, Leopoldo Alas (Clarín), Emilia Pardo Bazán, Joaquín Costa, Ramón Menéndez Pidal, Antonio Machado, Joaquín Sorolla, Santiago Ramón y Cajal, Eugenio D'Ors, Azorín, Ramón Pérez de Ayala, Julián Besteiro, Juan Ramón Jiménez, Américo Castro, Manuel García Morente, Federico García Lorca, Severo Ochoa, María Zambrano, y un larguísimo etcétera de personajes que son figuras centrales de la cultura española por derecho propio. No es casualidad que de los ocho premios Nobel de España, cuatro (Juan Ramón Jiménez, Severo Ochoa, Santiago Ramón y Cajal y Vicente Aleixandre) estuvieran relacionados de un modo u otro con la ILE.
Y es que nuestro protagonista y sus acompañantes no tenían una mentalidad a la antigua usanza. Disfrutaban de la camaradería y amistad con los alumnos, fomentaban los viajes y las excursiones, se negaban a hacer exámenes siendo más partidarios de la evaluación continua
–común en otros países de Europa, pero no en España– y representaban, en suma, una visión de la enseñanza totalmente distinta a la que se había vivido, todo lo cual se contagiaría irremediablemente con el espíritu de la ILE: “Si veis en la escuela niños quietos, callados, que ni ríen ni alborotan es que están muertos: enterradlos –decía–. Transformad esas antiguas aulas: suprimid el estrado y la cátedra del maestro. En torno al profesor, un círculo poco numeroso de escolares activos, que piensan, que hablan, que disputan, que se mueven, que están ‘vivos’ en suma, y cuya fantasía se ennoblece con la idea de una colaboración en la obra del maestro”.
Francisco Giner de los Ríos continuó publicando, enseñando y alterando el modelo educativo imperante durante décadas, hasta su muerte en 1915. Un año después se crearía la Fundación que lleva su nombre y que continuaría su legado.
La Fundación
Tras la muerte de Giner de los Ríos se creo la institución que aún hoy lleva su nombre y que se ha encargado a lo largo de las décadas de mantener su legado. De hecho, este año, con motivo del centenario de su muerte en 2015, se ofrece la exposición El maestro de la España moderna: Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza, una panorámica inédita del proyecto para la modernización de España que llevaron a cabo Giner y sus colaboradores de la ILE, y que propició una segunda Edad de Oro en la cultura española en el primer tercio del siglo XX. Un recorrido por la biografía de nuestro protagonista y las plataformas que compusieron la ILE a lo largo de los años y que, pese a que muchos no tuvieron relación con la misma, sí se consideran hoy día deudores de la labor que puso en marcha. Justo recordatorio del hombre que se atrevió a soñar con una España y una educación distintas que parieran seres humanos capaces de adaptarse a los tiempos que corrían con pensamiento crítico, individual y sin ataduras, ciudadanos íntegros que, llegado el punto, estuvieran en condiciones de cambiar las cosas.
Un proyecto y un hombre tan ambiciosos como para soñar convertir a su patria en el gran referente cultural de Europa. No pudo ser. La violencia, la intolerancia y el cainismo inherente de España frenaron en seco su labor, pero una de las cosas buenas es que se puede matar a un ser humano, pero no una idea, que es la que está detrás de todo y pone en marcha el proceso. Tal y como dijo uno de los más notables productos de la filosofía de Giner, José Ortega y Gasset, “en tanto que alguien crea en una idea, la idea vive”. Francisco Giner de los Ríos creyó.
■ Jaime Fdez.-Blanco Inclán
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