Encuesta

En su libro, El amor y sus fórmulas (Península), Javier Sábada (catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid, 30 libros escritos) reflexiona e indaga cómo y cuáles son las formas del amor en las sociedades contemporáneas. El filósofo es consciente de que su inmersión intelectual en el amor, torbellino de emociones extrañas a quien no las experimenta, puede resultar temerario. Y que por ello –razona– quizás el amor, sobre todo el amor-pasión, ha estado ausente de los temarios de los filósofos.
La mayoría de los filósofos, recuerda Sádaba, no tuvo relación alguna con mujer, o fue esporádica, o rozó lo patológico. Schopenhauer, Nietzsche, Leibnitz, Kant o Wittgenstein ni se casaron ni sabemos que tuvieran amantes de importancia en sus vidas. Es parte de los enigmas del amor, de los que charlamos en esta entrevista,
“El amor, en su esplendor, es lo más frágil del mundo”, dice usted en su libro. ¿Ahora más que nunca? ¿Estamos perdiendo la capacidad de amar de ese modo que se nos ha dicho siempre que había que amar: con compromiso, con entrega, con estabilidad?
Yo creo que el amor es vulnerable siempre. Como todo lo importante en la vida, tiene las dos caras: la más fuerte y la más débil, la que más une y la que más separa. Se camina por él como por la cuerda floja y sin red. Lo que ocurre es que eso tiene momentos culturales diferentes. No es lo mismo el amor en el mundo grecorromano, donde según algunos no se conocía ni se valoraba el amor-pasión, que el amor de los juglares, que es casi entusiasmo religioso. El de nuestros días creo que es el amor con prisa. Hoy caracterizan al amor cuatro aspectos: uno, la dificultad de encontrarlo (de la misma manera que es más difícil encontrar amigos, también lo es encontrar a alguien abierto al amor). Dos, la falta de contexto para el amor; tendríamos que tener mucho más tiempo. Tres, hay un bombardeo de mensajes que ‘venden’ el amor frío, casi cibernético, en un mundo en donde el dinero, en sus múltiples formas, lo que quiere es vender, consumir; el amor en ese sentido tiende a ser consumido rápidamente. Cuatro, en consecuencia, es mucho más difícil el amor que en otras épocas. De ahí que cuando uno encuentra ese tipo de amor, le encante.
¿Existe un aprendizaje del amor? ¿Se puede enseñar a amar? Y si fuera de ese modo, ¿por qué se da tan escasa importancia en la escuela española a la educación sentimental de los niños y de las niñas?
Yo haría una distinción. Se puede aprender a amar en términos generales, por supuesto. Es la asignatura pendiente por excelencia: la solidaridad, hacerse eco de los demás, ponerse en la piel del otro, compartir los aspectos positivos, ayudar al que puede menos. Esto se puede y se debe enseñar primero en casa y luego en la escuela. Pero creo que no se hace por dejadez, por una falsa competitividad, porque parece que va de soi. Hay un amor de padre que es como tirar de una cuerda; al principio tú tienes mucha fuerza, y vas dejando que el otro vaya estirando hasta que se equilibran las fuerzas. Es ayudar al otro, desde tu amor, a que vaya amando poco a poco. Creo que en ese sentido la educación es muy deficiente.
Ahora, en cuanto al amor-pasión (el del flechazo, el del temblor de piernas), es mucho más difícil de aprender porque entra de improviso y toca fibras muy sensibles, registros que te dejan muy expuesto. Además, ni siquiera se aprende, porque a aquel que ha fracasado, ni siquiera le ha servido la experiencia; es lo único en que quizás no se llega a aprender nunca.
¿El amor-pasión es el más primitivo, el que más en contacto está con la vida?
Sí, es el amor al servicio de los genes, un amor lleno de química que está inscrito en nuestro organismo precisamente para que nos reproduzcamos. Por ello es una trampa, siempre nos domina, es ciego, es mentira, es pasajero. Lo que quiere es la exclusión, la obsesión y la posesión. Esta sería una postura; otra podría ser un poco más condescendiente: el amor es una incitación, un motor natural para que la especie se mantenga, de acuerdo. Pero hay otro factor fundamental que es la cultura, en donde entra el juego la libertad humana, y ahí podemos ponderar. En el libro trato de explicar que, aunque es verdad que estamos constituidos por esos genes egoístas que decía Dawkins –no es el individuo el que domina al gen, sino el gen al individuo–, esa es solo un parte de la verdad. Otra es que hemos accedido al reino de la cultura donde también nosotros podemos modificar y reorientar las cosas. Del mismo modo que somos agresivos en cuanto a animales pero podemos dominar o canalizar esa agresividad a través de la cultura, aunque estamos constituidos de manera que somos dominados por el amor, no lo somos del todo y podemos modificarlo.
Lo que significa que al final dejaré a ese canalla que me vuelve loca y me casaré con un buen chico...
Sí, lo que ocurre es que si alguien está muy enamorado de un canalla, es probable que no vea que es un canalla. Pero puede ocurrir que lo vea, sí; lo morboso puede atraer, el mal puede fascinar mucho, pero genera relaciones muy conflictivas. Una persona sensata lo que tendría que hacer es salir de ese conflicto que acabaría en un gran sufrimiento.
Nada que ver con la felicidad...
La felicidad está formada por tantas piezas… Sin embargo, todos tenemos la intuición de lo que es ser feliz; después, el cómo ya es una cuestión mucho más singular, de suerte, etc. Pero, como el amor, el impulso hacia felicidad está ahí como un mandato inscrito en nosotros, aunque no sepamos cómo conseguirlo. Napoleón decía que lo más importante en una batalla era la suerte, pero que había que prepararla detalle a detalle. Es decir, que en el amor, encontrase con aquella persona con la que estás verdaderamente a gusto, con la que quieras vivir, es un lujo. El amor en verdad es lujo, no una necesidad. Eso en buena parte es suerte, porque resulta muy difícil encontrar una persona que consiga conectar y coordinar con todos aquellos aspectos que a uno le importan. Pero al mismo tiempo, y volvemos a lo de antes, hay otra parte que es de cultivo. Yo llevo 40 años casado y nos queremos mucho, pero lo hemos conseguido porque lo hemos cultivado. No se trata de renovar una promesa todos los días, sino de saber que vas creciendo, que vas cambiando, saber discutir, saber argumentar, saber querer… Todo eso se va haciendo día a día. Hay una frase de Stendhal que lo dice todo: “El amor es una flor que crece junto al abismo”.
Esa dificultad de encontrar al otro es algo de lo que se quejan muchas mujeres de todas las edades. ¿Cree que la mujer, al tener ahora más poder en muchos terrenos, es también más exigente a la hora de buscar un compañero de vida?
Sí, eso ha alterado las relaciones tradicionales y además en muy poco tiempo. De todos modos, a veces la dificultad de encontrar se debe a que –y perdone la pedantería– hay muy poca gente interesante. Este país, que a mí me parece que es psicológicamente muy sano, es muy inculto, hay un rechazo grande al pensamiento y después es muy mal educado, con muy pocas formas (aunque tiene otras virtudes). Todo esto es de enorme influencia. En el amor se buscan a alguien que tenga chispa, que te haga pasar un buen rato, que tenga una conversación interesante, que tenga inquietudes o curiosidades intelectuales –algo que, por cierto, falta mucho en este país–. Por otro lado, es verdad que al haber cambiado el rol de la mujer, el hombre se ha quedado un poco en el aire. Pero ha habido un fallo por las dos partes. Aquí habría que pedir lo mismo que decía Kant de una sociedad que quiera ser armoniosa: la insociable sociabilidad, es decir, entenderse en la diferencia. Me parece uno de los puntos clave de la relación hombre-mujer; ese igualitarismo a lo Platón es absurdo; esas diferencias que acaban en jerarquización son absurdas. Se trata de estar con el otro sabiendo que es distinto, teniendo desencuentros leves que finalmente se salden en un encuentro grande. Los prejuicios siguen estando presentes en nosotros mucho más de lo que creemos, y no aceptamos vivir en la diferencia, ni siquiera respetamos esas diferencias, y menos nos interesamos por comprenderlas.
Unos hombres interesantes que podían atraer mucho a las mujeres son los filósofos. Pero parece –usted lo comenta también en su libro– que bastantes de ellos han dado muestras de misoginia, y muchos otros se han negado a vivir la experiencia del amor.
El otro día, en un coloquio, dije una cosa de la cual no me arrepiento. Alguien comentó que los filósofos son unos pesados, que escriben para ellos mismos, que son muy endogámicos. Bueno, dije, un filósofo que no es claro no es filósofo. Parece una afirmación dogmática, ¿no? Pues la mantengo, a pesar de que Heidegger o Hegel podían no estar de acuerdo. Pero yo opino que lo que se puede decir, se puede decir claramente, y si no lo mejor es callarse. O sea que lo primero que habría que pedir a los filósofos es que hablen claro. Puede haber casos excepcionales, ya sé que en cinco minutos no puedo explicar a Kant, pero para cualquier cosa se pueden encontrar ejemplos, metáforas o palabras adecuadas, de modo que una persona medianamente ilustrada lo entienda. Entonces, primero claridad; sospechemos de todo aquel que no se hace entender bien.
Respecto a la misoginia...
Es verdad que los filósofos han sido no misóginos: muy misóginos. Hay un libro que se llama el El estupidario de los filósofos, con todas las tonterías que han dicho, pues se podría hacer otro con sus frases misóginas. Desde Sócrates hasta nuestros días, hay una cantidad enorme de filósofos que no han tenido prácticamente ninguna relación con la mujer, o han escrito textos bastante repugnantes contra ella; es el caso de Schopenhauer o de Kant. La pregunta es por qué. Por qué ha habido pocas filósofas y por qué la filosofía se ha encontrado siempre a disgusto con el mundo femenino. Respuestas a eso ha habido muchas; para mí hay una que no sé si vale o no, pero es la que doy: hay algo de incompatibilidad entre la pasión filosófica y la pasión amorosa. En el científico quizás no se dé, y en el artista, muchísimo menos. Pero en el filósofo, el enamoramiento de las ideas parece que hiciera superfluo otro tipo de enamoramiento. Otra razón que yo encuentro tiene que ver con un defecto profundo de toda la historia de la filosofía, y es que ha intelectualizado todo de una manera extraordinariamente dogmática y exagerada. Incluso cuando habla de las emociones, de los sentimientos, del corazón, lo ha colocado siempre en el terreno del prefrontal, de la racionalidad. Es más, cuando se encuentra uno ante filósofos como Heidegger, que nos invita a no dominar la naturaleza y a dejarnos inundar por el ser, se quedan cortos. Es un mundo machista-racional con poca capacidad para filosofar dejándose llevar por el mundo más amplio de lo femenino. En el único campo en el que he visto avanzar más en este sentido es en el de la moral, en que sí hay filósofas que han desarrollado, por ejemplo, la ética del cuidado, porque ahí puede entrar más fácilmente la empatía, el corazón, etc. Pero es cierto que hay algo en la racionalidad filosófica que ha excluido el mundo de la mujer. Yo espero que eso vaya cambiando.
Pero ¿por qué la filosofía masculina parece despreciar las emociones como objeto de estudio? ¿Cuál es la causa profunda?
Creo que eso es miedo. No es así en Platón; en Aristóteles las cosas cambian, pero tampoco se trata del amor-pasión. De algún modo, mi libro era en ese sentido un reto, un desafío. Me preguntaba: ¿por qué no se habla de las cosas que más importan? Pero si la gente lo que realmente desea es querer y que la quieran... A esos que les motiva ampliar las fronteras del conocimiento, yo les diría: mire usted, no vaya tan lejos; lo que en el fondo está latiendo en toda nuestra vida es querer y que nos quieran. Pero yo creo que eso da miedo, miedo a entrar en un campo que no se domina, un terreno minado que explote. Estoy convencido de que si los filósofos tuvieran una actitud mucho más entregada y abierta, hubieran modificado mucho sus teorías, su manera de pensar. En vez de encadenarse un filósofo a otro en sus teorías –como un homosexual que se enamora de otro–, si se hubieran abierto a otros mundos, la filosofía hoy sería distinta. En vez de hablar solo de cuestiones lógicas, de semántica, de cómo interpretar hoy a Hobbes o de si la Poética de Aristóteles sigue teniendo una vigencia enorme, ¿por qué no envolver todo eso con lo que llamamos amor? Eso da miedo; es no querer quemarse ni una uña.
El dossier que incluye este número está dedicado al miedo. Y no hemos encontrando abundantes reflexiones filosófica sobre ello...
No, no. Quédese con esta frase de Hobbes: “Mi padre parió gemelos: a mí y a mi miedo”. El miedo genético lo ha puesto la naturaleza para sobrevivir, pero el miedo cultural a veces toma unos tonos absolutamente irracionales que posibilitan después algo que es tremendo: el dominio del poder. El ciudadano, en último término, se mueve por miedo. La mejor manera de dominar a la gente es en base a un miedo real o sutil. Luego, otra parte del miedo que nos hace terriblemente infelices es la incertidumbre. Es el temor a que ocurra aquello que, decía Hume, aunque no hay muchas probabilidades de que suceda, puede alterar enormemente tu vida .
Y usted, si no tuviera miedo, ¿qué haría?
Le diré que en el pasado solía hacer un test para conocer mejor a mis alumnos, y una de las preguntas era que si harían aquello que más temían hacer si no se enterara absolutamente nadie de ello. Y casi todos respondían sí. Las mujeres, todas decían que sí, curiosamente. Si yo no tuviera ese miedo cultural, haría tres o cuatro cosas que no he hecho en mi vida. Por ejemplo, le diría a mi mujer cosas de amor que no le he dicho. Me quitaría de encima un montón de pesados que no hacen más que darme la lata. Y después, eso sí, tendría la lengua más larga del mundo para meterme con los políticos que me parecen impresentables y situarme en una plataforma en la que pudiera durante unos meses hacer todo lo contrario de lo que se está haciendo. ❖ Pepa Castro
C/ Príncipe de Vergara Nº109.
•28002 Madrid.
•Tel.:91 447 12 02
•Fax:91 447 10 43.