Encuesta

Sócrates era bajito y feo. Tenía un vientre prominente, ojos saltones y nariz respingona. Su figura inspiraba burlas, lo cual no le impedía estar muy seguro de sí mismo. Apreciaba mucho la vida y tenía una viva inteligencia y un agudo sentido del humor, desprovisto de amargura o cinismo. Alcibíades comparaba su aspecto con el de los silenos, los seguidores borrachos y lascivos de Dioniso; Platón consideraba digno de mención el día en que se lavó los pies y se puso sandalias, y Antifón, el sofista, decía que ningún esclavo querría ser tratado como él se trataba a sí mismo. Llevaba siempre la misma capa y era muy austero en comida y bebida.
Sorprende que tal hombre acabara siendo considerado por los griegos –que creían que un cuerpo bello era el reflejo de un alma bella– como el arquetipo del decoro filosófico. Pero así fue. Después de Sócrates, el primer heleno notable y feo, los griegos admitieron que un cuerpo silénico puede contener un alma hermosa.
Sócrates, el filósofo griego por excelencia, fundador de la filosofía moral, o axiología, nació en Atenas el año 470 a. C. y murió en la misma ciudad el 399 a. C. Hijo de un escultor y de una partera, recibió una educación tradicional en literatura, música y gimnasia. Se educó como alumno de Arquelao, sucesor de Anaxágoras, y se familiarizó con la retórica y la dialéctica de los sofistas, las especulaciones de los filósofos jonios y la cultura general de la Atenas de Pericles. Su familia pertenecía a la tribu antióquida de Alópeque, de la polis de Atenas. Por lo tanto fue ciudadano pleno de esta ciudad con todos los derechos políticos. (Ciudadanos eran solo los varones libres nacidos de padre y madre ateniense y mayores de 21 años: en total unos 45.000 en una población de 300.000 almas. El resto eran metecos extranjeros, o esclavos).
Al principio, adoptó el trabajo de su padre y realizó un conjunto de estatuas de las tres Gracias que estuvo en la entrada de la Acrópolis hasta el siglo II a. C. También fue soldado. Sirvió con gran valor como hoplita de infantería en el ejército de Pericles durante la guerra del Peloponeso contra Esparta, en las batallas de Potidaea, donde salvó la vida a Alcibíades; Delio y Anfípolis. Estuvo casado con Xantipa, una mujer más joven que él, que ha pasado a la historia como arquetipo de esposa dominante a la que su marido no puede controlar. Tuvieron tres hijos: Lamprocles, Sofronisco y Menexeno. De vida sobria y austera, Sócrates fue siempre pobre. Pero supo rodearse de los personajes más influyentes del momento, así como de un nutrido círculo de alumnos cuyas certidumbres cuestionaba por sistema. Este continuo “aguijonear” acabaría por ponerle en una situación tan difícil que fue condenado a muerte por el Tribunal ateniense de los Quinientos en el año 399 a. C.
LA ACUSACIóN
Sócrates era un personaje muy conocido en Atenas, siempre respetuoso con las leyes y los dioses. Pero su independencia de criterio y su influencia sobre la juventud inspiraban desconfianza. Hubo algunas escaramuzas. Cuenta Jenofonte, por ejemplo, que, derrotada la armada ateniense, Sócrates se opuso, en nombre de las leyes de la ciudad, a que se condenara en conjunto a los jefes de la flota. Y cuando el gobierno le ordenó formar parte de un piquete para detener a León de Salamina, Sócrates desobedeció el encargo por considerarlo un acto injusto. Esto afianzó su imagen de ciudadano díscolo, ya muy asentada por su acción como filósofo.
Hubo también odios personales. Entre sus enemigos estaba Anito, un rico curtidor, cuyo hijo, seguidor de Sócrates, había muerto alcoholizado tras apartarse de la obediencia a su padre.
Y al fin le ajustaron las cuentas. En el 399 a. C. fue acusado de despreciar a los dioses y corromper a la juventud, alejándola de los principios de la democracia. Uno de los querellantes fue Anito; los otros dos, Meleto y Licón. Ante un tribunal de 501 ciudadanos atenienses elegidos por sorteo, Sócrates fue acusado por Meleto “de no creer en los dioses en que cree la ciudad, de introducir divinidades nuevas (una referencia al daemonion o voz interior mística, a la que Sócrates aludía a menudo), y de corromper a los jóvenes”. En caso de ser hallado culpable, la sentencia era la condena a muerte por medio de un veneno, la cicuta.
¿Qué había en el fondo de esas acusaciones? Esta claro que la oficialidad ateniense le temía. El feroz poeta cómico Aristófanes en su comedia Las nubes le había presentado como el dueño de una “tienda de ideas” donde se enseñaba a los jóvenes a disfrazar la peor razón como si fuera la mejor.
La actitud filosófica de Sócrates era someter a crítica todas las cuestiones de índole social, moral o religiosa, sin excepción. Eso debía fastidiar a muchos. Además, se esforzaba en instruir a una futura clase política para que gobernase con sabiduría y justicia. Entre sus discípulos había personajes tan controvertidos como Alcibíades o Arístipo. Puede que ese grupo snob fuera odiado por los poco instruidos ciudadanos de Atenas, excluidos de la intelectualidad aristocrática de Sócrates.
EL PROCESO
Esas triviales razores sentaron a Sócrates en el banquillo. Su proceso nos ha llegado a través de los relatos de Platón y Jenofonte, sus amigos. Gracias al primero conocemos la defensa que Sócrates hizo de sí mismo ante los jueces: una valiente e irónica reivindicación de toda su vida y una oportunidad para exponer su doctrina, según la cual la virtud, la justicia y la verdad no son cuestiones que puedan resolverse según las costumbres, sino conforme a las exigencias de la razón.
En la votación que siguió a esta vibrante autodefensa, 280 miembros del jurado lo consideraron culpable y 211 inocente. Según era costumbre, se pidió al filósofo que propusiera una pena alternativa a la muerte que se pedía para él. Pero Sócrates estropeó esta oportunidad. Considerando que sus enseñanzas habían sido en bien de la ciudad, hizo una propuesta irónica: pagar solo una pequeña multa acorde con el escaso valor que un filósofo tenía para el Estado. Esta arrogancia le fue fatal. Cuando se votó sobre la condena a aplicar, la opinión de los jurados se había vuelto en su contra: 361 optaron por la pena de muerte.
La sentencia no podía ejecutarse hasta que volviera a Atenas el barco sagrado enviado a Delos para conmemorar el triunfo de Teseo sobre el Minotauro. Pasaron 30 días durante los cuales sus discípulos le instaron a fugarse, pero Sócrates, irreductible, sostuvo que el primer deber del ciudadano ateniense era respetar las leyes. Consumió el tiempo que le quedaba con sus amigos, y durante la última noche bebió por su mano una copa de veneno preparado con cicuta, el procedimiento habitual de ejecución en Atenas. Esa muerte “filosófica” convirtió a Sócrates en uno de los pensadores más influyentes del mundo.
El trato cruel que Atenas dio al maestro afectó en lo profundo a su discípulo más brillante, Platón: muchos de sus escritos éticos posteriores se dirigieron a evitar que injusticias parecidas se repitieran.
EL PROBLEMA SOCRÁTICO
Sin duda Sócrates fue un personaje polémico, juzgado de forma superficial por quienes no percibían las sutilezas de su poderoso intelecto. Aunque tuvo muchos discípulos, nunca creó una escuela filosófica ni escribió un libro. Creía en la superioridad de la discusión sobre la escritura y pasó la mayor parte de su vida en los mercados y plazas de Atenas, pegando la hebra dialéctica con todo aquel que quisiera escucharle.
Conocemos su actividad filosófica por los testimonios contradictorios de Jenofonte, Aristófanes o Platón, que plantearon a la posteridad el llamado problema socrático:
¿Cómo era Sócrates en realidad y cuales fueron sus enseñanzas?.
Para Aristófanes, belicoso autor teatral, sólo era un sofista jocoso y burlesco.
El prosaico historiador Jenofonte, que quizás nunca le comprendió, le consideraba un moralista práctico que sólo se dedicaba a la formación de ciudadanos de bien.
Platón en cambio era un discípulo inteligente. Todo lo que se sabe sobre la filosofía de Sócrates procede de los Diálogos platonianos, que lo describen lleno de ingenio y agudeza mental, escondiéndose tras una irónica profesión de ignorancia, la famosa ironía socrática.
Sin embargo, Platón pudo mezclar sus ideas filosóficas con las de su maestro. Se piensa que los Diálogos de juventud reproducen con fidelidad el pensamiento socrático, pero que los de transición y madurez, exponen las ideas del propio Platón.
SU PENSAMIENTO
Es muy probable que Sócrates se iniciara en la filosofía estudiando a Empédocles, Diógenes de Apolonia y Anaxágoras, entre otros. Después se orientó hacia la sofística que floreció en Atenas durante su juventud. Pero los sofistas no le convencieron. Por un lado, les despreciaba por cobrar sus enseñanzas. Por otro, criticaba su relativismo. Para la sofística, los conceptos son el resultado de una convención: lo que es justo en una ciudad puede no serlo en otra.
Sócrates, por el contrario, afirmaba que lo justo ha de ser lo mismo en todas partes. Creía en las definiciones universales de los conceptos: la mayoría no puede decidir qué es lo bueno o lo justo, tienen realidad por sí mismos. Lo mismo ocurre con la virtud, la bondad o cualquier otro concepto importante. Por eso buscaba las definiciones objetivas de las cosas, su esencia profunda. Su filosofía se basaba en esa búsqueda.
¿Y qué era definir para él? Responder a la pregunta ¿qué es? (tí estí): solo sabiendo qué es algo, con independencia de su apariencia, podrá conocerse bien y dar lugar a una ciencia (episteme).
SU MÉTODO
¿Cómo hacer esa búsqueda? Para Sócrates, iniciador de la filosofía entendida como ciencia que indaga en el ser humano, en el alma de cada hombre están presentes, de forma innata, los verdaderos conceptos de cuanto existe. Se pueden llegar a descubrir mediante la introspección y el diálogo entre las diferentes inteligencias. Este diálogo solo será útil si se practica con una cierta distancia irónica frente a los prejuicios de las partes, nunca como un modo de prevalecer en una discusión.
Para ello ofrecía un método inductivo, que fue su aporte esencial al progreso del pensamiento y la ciencia: a partir de conceptos individuales, enseñaba a alcanzar otros de validez universal. Su método era dialéctico, respondía mediante preguntas: planteaba una discusión y analizaba las respuestas que suscitaba, intentando que el interlocutor extrajera sus conclusiones.
Ponía en práctica este método con sus alumnos, a los cuales formulaba preguntas sobre el tema en discusión. Luego confrontaba y analizaba de forma crítica las respuestas, hasta ponerse todos de acuerdo en la conclusión que pareciera verdadera. A veces el proceso resultaba interminable porque unas preguntas se entrelazaban con otras como las cerezas en una cesta, irritando a los interlocutores menos pacientes.
Según la Apología de Platón, Sócrates descubrió este método cuando su amigo Querefonte preguntó al Oráculo de Delfos quién era el hombre más sabio y éste le respondió: Sócrates. Preguntándose por qué, Sócrates concluyó que el Oráculo premiaba el reconocimiento que el filósofo hacía de su propia ignorancia: “Solo sé que no sé nada”, era su lema.
El método de Sócrates se desarrollaba pues en dos fases:
La ironía o fase destructora, mediante la cual, a través de las preguntas, el maestro procuraba desconcertar al discípulo, exponiéndolo a sus contradicciones, para hacerle consciente de su ignorancia.
La mayéutica o fase constructiva. La expresión equivale a “dar a luz” y Sócrates la asociaba a la condición de partera de su madre. En vez de aplicarla a los cuerpos, él la aplicaba a las almas. A través de ella, también por el método de las preguntas y respuestas, lograba que el alumno encontrara la verdad dentro de sí, haciendo surgir sus ideas innatas. Sócrates consideraba que su misión no era impartir doctrina, sino lograr que sus alumnos descubrieran su propio espíritu para cuidarlo y cultivarlo. De ahí la expresión célebre que Platón pone en sus labios: “Conócete a tí mismo”. ❖ Marisa Pérez Bodegas
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