Encuesta

Untitled (Perseus and Andromeda), 1964, Bob Thompson.
"Somos máquinas de supervivencia, vehículos autómatas programados a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas conocidas con el nombre de genes”.Así comienza Richard Dawkins El gen egoísta, su libro más famoso. Dawkins es uno de los desarrolladores de la teoría de la evolución; Se mueve entre hipótesis que son compartidas por muchos investigadores y conjeturas excitantes. Entre nuestro deseo de estar en una pista segura pero con la inquietud de que caminamos demasiado deprisa.Probablemente sus conclusiones están muy cerca de la verdad o de algo muy parecido a la verdad.
Él ha hecho suyo el concepto “Somos simples máquinas de supervivencia”. Hoy ya no podemos discutir que, por encima de todo, los humanos somos un complejo de genes con una voluntad insuperable de sobrevivir, recibida desde las formas más elementales de la vida y entregada a cada nueva generación de la vida. Siempre estamos en un entorno hostil en el que solo una voluntad superior de sobrevivir puede explicar el éxito de nuestra especie entre los que conviven en este mundo.
Dawkins toma la teoría de Darwin y la reelabora de una manera que éste no eligió pero que es compatible con ella aunque funcione por mecanismos diferentes.
El gen es el centro y protagonista de la evolución
Los organismos vivientes han existido sobre la Tierra, sin saber por qué, desde hace más de 3.000 millones de años. Otros intuyeron la evolución pero fue Darwin quien la expresó como línea rectora de la vida y ya no fue necesaria ninguna explicación artificiosa. Lo mejor sería ignorar todo lo que el hombre había conjeturado antes de 1859, cuando Darwin publicó El origen de las especies. Las consecuencias y derivaciones de los hallazgos de Darwin conectan directamente con los conceptos de la ética y la moral. Y éstas y todo lo que el hombre ha reflexionado sobre ellas antes de desvelarse la evolución no tiene otro sentido que el literario. En realidad ningún aspecto de la vida humana es ajeno al principio evolutivo.
La idea peculiar de Dawkins es que, al contrario de todos los que supusieron que el factor importante en la evolución es el bien de la especie, él y los que apoyan sus tesis entienden que el motor de la evolución es el gen como unidad y los individuos como “máquinas de supervivencia”; y que son contenedores de genes, una enorme cantidad de ellos. La eficiente máquina de supervivencia persigue conscientemente un fin, y para conseguirlo trata de reducir las discrepancias que pueda haber entre el estado actual de las cosas y otro estado deseado: los genes controlan ese comportamiento de forma indirecta y es la máquina de supervivencia la que toma la responsabilidad. El principal objetivo para ella es su afán de perpetuarse; tiene que resolver su rivalidad con otras “máquinas” siempre que no sean descendientes, ascendientes o parientes próximos, entre los cuales nuestra máquina se siente protegida.
Ética, moral al servicio de los genes
En ese entorno, lo que llamamos ética, moral, no son más que construcciones funcionales para que las “máquinas de supervivencia” respondan eficazmente a su objetivo: trasladar los genes a nuevos horizontes de continuidad y pervivencia. De ahí que Dawkins haya aislado la más predominante cualidad de los genes: su egoísmo despiadado. Sin duda, tal egoísmo subyacente, pasa a componer el egoísmo del ser humano, en el fondo servidor de sus genes. Sin embargo, paradójicamente dará lugar también al altruismo, tan útil como el egoísmo para la supervivencia.
Todo ello no implica una interpretación lineal y determinista de la conducta del ser humano. La versatilidad que los individuos han debido adoptar para la supervivencia incluye guiarse por el poder egoísta de sus genes y también por las conclusiones culturales que esos individuos y sus antecesores han descubierto para negociar y convivir con sus semejantes.
No hay límites para las componendas que los individuos han utilizado a lo largo de su evolución, pero estaríamos muy equivocados si nos negamos a aceptar que el egoísmo es el factor imprescindible en una evolución por selección natural.
¿Podemos ser altruistas?
Hemos de definir el altruismo como el comportamiento de un individuo que contribuye a aumentar el bienestar de un semejante a expensas del suyo propio. Es decir exactamente lo contrario del comportamiento egoísta.
Todas las culturas enaltecen el altruismo. Precisamente la naturaleza improbable que tiene el altruismo eleva su valoración como posible componente del comportamiento del ser humano. El altruismo goza de respeto y admiración. No es algo común. Pero es general el deseo de la gente por asumirlo en su vida aunque sea fantasiosamente.
No nos importa demasiado si las motivaciones de un acto externamente altruista –un sacrificio propio que solo beneficia a otro– son autoinmolaciones o actuaciones instrumentales que la estrategia de los individuos desarrolla egoístamente para conseguir objetivos ocultos. ¿Quién sabe qué hay detrás de la decisión de donar parte de la propia fortuna a fines solidarios? ¿O de la persona que protege a un semejante de un disparo a quemarropa?
En el reino animal, los actos más sobresalientes de altruismo son efectuados por los padres, especialmente las hembras, en beneficio de sus hijos. La mayor parte de la vida animal está dedicada a la reproducción y la mayoría de los actos altruistas, de autosacrificio, son coherentes con el mandato genético de la multiplicación de la especie.
Si aún observamos comportamientos altruistas en las especies es porque han sobrevivido en la selección natural. Podemos deducir que el altruismo en apariencia autodestructivo hubiera desaparecido del espectro de caracteres si no fuera compatible con el éxito en la supervivencia.
¿Por qué ha sobrevivido el altruismo a la selección natural?
Aun en un grupo básicamente altruista, habrá alguna minoría que disienta y rechace hacer cualquier sacrificio en perjuicio suyo y en provecho de los demás, es decir un rebelde egoísta. Por definición, ese individuo o grupo tendría mayores posibilidades de supervivencia y de tener descendencia; cada uno de sus hijos tendría probabilidades de transmitir genes exclusivamente egoístas. Tras miles de generaciones por selección natural, el “grupo altruista” habría sido desbordado, eliminado por el grupo egoísta.
No es así. La realidad que observamos en el género humano es compleja y, a veces, contradictoria. Es un hecho comprobado que egoísmo y altruismo conviven entre los individuos de la especie e incluso conviven en un mismo individuo dependiendo de los semejantes ante los que actúa, de la fase de la vida en la que se encuentra, etc. Todo ello son indicios de que tanto altruismo como egoísmo son complejos factores que cooperan e interactúan en el éxito evolutivo.
Los grupos, las culturas, han demostrado diferentes afecciones a ambos comportamientos. Hay un sentimiento que se encuentra arraigado de modo general en todo los miembros de la especie: matar a las personas, excepto en caso de guerra, repugna aún bajo el imperio del egoísmo.
La nueva regla de oro: “Obra con los demás en la medida en que compartan tus genes”
El altruismo que todos podemos observar en el género humano ¿cómo hacerlo compatible con el mecanismo darwinista de la selección natural? ¿Se puede competir para sobrevivir y al tiempo ser altruista en perjuicio propio y beneficio de otros?
Durante tiempo fue un enigma esa contradicción. Según el biólogo evolutivo, Hamilton, citado por Adela Cortina en su último libro Neuroética y neuropolítica, el individuo altruista en realidad lo que intenta es proteger sus genes. Los comportamientos altruistas están al servicio del gen egoísta.
La ancestral Regla de Oro, la más elemental guía ética, ha tenido dos caras, una positiva y otra de formulación negativa:
> La positiva: “Haz a los demás lo que quisieras que te hagan a ti”
> La negativa: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”
Hamilton aportaba una solución al difícil encaje de tal regla en un mundo rudamente competitivo: de lo que se trata en la evolución biológica es de proteger los genes, por los cuales los individuos están dispuestos a pagar en coste personal. Incluso en aquellos casos en los que la conducta altruista se ejerce con individuos anónimos, el altruismo puede ser, reflexiona Adela Cortina con otros analistas, una conducta razonable por la expectativa de reciprocidad que el individuo llega a concebir.
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