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Todos contra Spinoza (bendito Spinoza)

Predicaba con el ejemplo, así que Spinoza, además de recomendar hacer lo que uno quisiera y decir lo que uno pensara, lo hizo. Estas son algunas de sus ideas clave.


Ilustración: Carla Fuentes

El bien y el mal

Todo es relativo. El bien y el mal, también. Este pensamiento que parece tan moderno, lo tuvo Spinoza hace cuatro siglos y se atrevió a formularlo: pero no fue entendido, solo perseguido. Ninguna novedad, pues, en la vida del filósofo. Deleuze lo explica con estas palabras en su ensayo sobre Spinoza: “(bien y mal) se expresan uno en relación a otro y ambos en relación a un modo existente. Se trata de los dos sentidos en que varía la potencia de acción; la disminución de esta potencia (tristeza) es mala; su aumento (alegría) es bueno. Objetivamente, desde este momento, es bueno lo que aumenta o favorece nuestra potencia de acción; malo lo que la disminuye o impide; y solo conocemos lo bueno y lo malo por el sentimiento de alegría o tristeza del que somos conscientes”.
En este contexto hace su aparición estelar la noción de utilidad: es bueno todo aquello que es útil para reportarme alegría y al contrario. ¿Cómo no amar al filósofo que quiere alejar de nosotros todo aquello que causa tristeza como los sentimientos de culpa, los remordimientos o la angustia?

Cuerpo y espíritu
En el singular análisis que Antonio Damasio hace de Spinoza comenta que para el filósofo “tanto la mente como el cuerpo eran atributos paralelos (llamémosles manifestaciones) de la misma sustancia. Como mínimo, al negarse a cimentar mente y cuerpo en sustancias diferentes, Spinoza hacía saber su oposición a la opinión sobre el problema de la mente y el cuerpo que era mayoritaria en su época”.
En efecto, para Spinoza el espíritu no existe como algo separado y ajeno respecto del cuerpo; sino que es el cuerpo o mejor dicho, la idea del cuerpo. Se trataría de dos aspectos diferentes, paralelos, de la misma realidad, las dos caras de una misma moneda y las dos partes de una misma entidad: el ser humano.

Deseo
Spinoza es un racionalista, pero un racionalista extraño, quizá contradictorio que no duda en calificar el deseo como la esencia del hombre. Pero el deseo no es lo que hoy día entendemos por deseo. El deseo de Spinoza es el apetito, el impulso o fuerza vital que se ha vuelto consciente. Esa fuerza es común a todos los seres vivos pues es la que nos ayuda a perseverar en el ser, a seguir existiendo, a conservar la vida y a intentar sacar lo mejor de ella.
Lo que le hace diferente al hombre es tener conciencia de ello y la obligación –derivada de lo anterior– de actuar, producir, construir según su naturaleza y capacidades. El deseo es uno de los afectos principales (junto con la alegría y la tristeza).

Dios (o naturaleza)
Deus sive Natura es la máxima que identifica el pensamiento de Spinoza. Su noción de Dios proviene de la de sustancia ya que ésta significaba lo no-creado, lo concebido por sí mismo. El hecho de que esa sustancia, Dios, se identifique además con todo lo que existe en
el mundo, con la naturaleza, le ha colocado a la concepción de Spinoza el cartel de “panteista”.
Pero para otros la reducción de Dios a la naturaleza es una auténtica negación de la divinidad. Para quienes piensan así, Spinoza es ateo. Cualquier interpretación es posible. Spinoza vivió la época del racionalismo y fue uno de sus máximos representantes. Para él lo que había era lo único que existía y se le podía llamar naturaleza o Dios o... lo que fuera. Lo que no se podía hacer era atribuirle poder, propiedades metafísicas o virtudes morales. En la idea spinozista de Dios no cabe ningún tipo de código moral ni de voluntad divina. A esta la denominará “asilo de la ignorancia” y la combatirá duramente en las primeras páginas de su Ética.

Estado
Spinoza entendía que el fin del estado no era distinto al de los individuos singulares que lo integraban, es decir, todos tenían como meta común preservar su vida y su libertad de acuerdo con la razón. Esta idea de estado, en la que muchos autores han visto tintes utópicos, constrataba mucho con la realidad de la época que le llevaba a denunciar, por ejemplo, que “el gran secreto del régimen monárquico y su máximo interés consiste en mantener engañados a los hombres y en disfrazar, bajo el nombre de religión, el miedo con el que se los quiere controlar, a fin de que luchen por su esclavitud, como si tratara de su salvación, y no consideren una ignominia, sino el máximo honor, dar su sangre y su alma para orgullo de un solo hombre”.
En cuanto a la forma, Spinoza reivindica una democracia lo más amplia posible. Su punto débil; no reconocer los derechos políticos de las mujeres en quienes si veía, por contra, su “debilidad natural”.

Libertad
Spinoza es implacable como solo se es con lo que más aprecia. Lo demuestra con una anécdota y una cita. La primera es la de la piedra que, lanzada, comienza a girar, a rodar de la manera en la que definió el impulso inicial. Una vez en solitario, si la piedra pudiera pensar pensaría quizá que ella es libre para moverse tal y como lo está haciendo, porque su voluntad es que así sea y no hay nadie que dirija su giro ni que la ordene... “Esta es la famosa libertad humana –dice la cita–, que todos se jactan de tener, y que tan solo consiste en que los hombres son conscientes de sus apetitos e ignorantes de las causas por las que son determinados”.
Uno de los cometidos más importantes de su Ética es refutar la idea de libertad como voluntad. Lo que determina la libertad del hombre no es la voluntad ni el libre albedrío sino la necesidad de su naturaleza, de modo que lo que le hace libre es actuar por sí mismo en vez de por cualquier causa externa.De esta forma no debemos conformarmos simplemente con conocer lo que queremos sino que debemos siempre preguntarnos cuáles son los motivos que nos hacen querer eso que queremos.

Sustancia
Es un concepto de capital importancia para entender la filosofía de Spinoza. Él lo define con las siguientes palabras: “Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí: esto es, aquello cuyo concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra cosa”.
La definición parte de la noción cartesiana que diferencia entre tres tipos de sustancia: infinita, pensante y extensa. Solo la primera, la res infinitam cartesiana, compartiría las características spinozistas de realidad autónoma y conocimiento de la misma. Las otras dos, para Spinoza, no son sustancias sino atributos.
Para Spinoza la substancia es una, única y eterna: es Dios, causa de sí y de todas las cosas. La revolucionaria idea reniega, por tanto, de la noción y del momento de la creación tan arraigados en el pensamiento judeocristiano. Un motivo más que añadir a la poca estima que le tenían los partidarios de la religión.


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