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Rocío Orsi: Filosofía entre fronteras

Es profesora de Filosofía en la Universidad, escribe y ha traducido a alguno de los grandes pensadores modernos. Rocío Orsi sostiene que las fronteras entre filosofía y literatura, que las hay, son porosas. Y que la filosofía y la política deberían intimar más.




Profesora de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid. Autora de El saber del error. Filosofía y tragedia en Sófocles (Plaza y Valdés) y Butterfield y la razón histórica (Plaza y Valdés). Editora de El desencanto como promesas. Fundamentación, alcance y límites de la razón práctica (Biblioteca Nueva) y Ritmos contemporáneos. Género, política y sociedad (siglos XIX y XX) (Plaza y Valdés). Ha traducido, entre otros, a Bernard Williams y Martha Nussbaum.¿Cuál es el papel de la filosofía en la actualidad?
Hoy, como siempre, tiene que propiciar o ahondar en la comprensión de nuestro tiempo y nuestro pasado, debe proveernos el utillaje conceptual con que reconciliarnos con nuestro mundo, con todo lo que esta compleja operación entraña.

¿Crees que la filosofía está condenada a desaparecer de la enseñanza reglada?
Vamos por mal camino, y no solo porque desaparezca del bachillerato o se imparta de forma generalista en la universidad; me temo que el estudio de la filosofía pueda sustituirse, de manera callada e incluso subrepticia, por un batiburrillo de filosofías aplicadas y deontologías, de formación cívica o en valores que, si bien pueden ser enseñanzas útiles y valiosas –y aunque la percepción pública a veces las confunda con ella–, no son intercambiables por la filosofía. Quizás queramos arrinconar definitivamente esta disciplina; sería una decisión muy mala, pero podemos tomarla. Lo que sospecho es que no somos conscientes de hasta qué punto lo estamos haciendo.

Eres autora de un libro sobre Sófocles, un clásico de la tragedia griega. ¿Hay una clara frontera entre filosofía y literatura?

La filosofía es en cierto modo un género literario y en muchas ocasiones es artificioso distinguirla de la literatura. Se puede hacer filosofía literariamente, y se puede leer filosóficamente un texto literario. Explotar la condición porosa de las fronteras disciplinares nos enriquece. Sin embargo, creo que es honesto distinguir entre dos formas de discurso que tienen objetivos y reglas –concebido todo ello con bastante holgura– diferentes.

¿Forman parte filosofía y política de un todo común?
Deberían estrechar sus vínculos, pero tal y como se practican… no forman una pareja bien avenida, sino que se ignoran recíprocamente. Lo que no significa, por supuesto, que no exista una afinidad íntima entre las preocupaciones políticas y las filosóficas; de hecho, la filosofía es política. Además, las instituciones pueden obstaculizar, posibilitar o promover la práctica de la filosofía, lo cual, a su vez, afecta a las instituciones mismas: de ahí la importancia de la parrousía, de la posibilidad (o no) de hablar claro ante o al poder. Tengo la sensación, sin embargo, de que el problema no es que no podamos hablar parresíacamente: el problema es más bien que el filósofo y su público no terminan de encontrarse, quizás por una incapacidad achacable a todos y para todos perjudicial.

¿Puede ayudar la filosofía a afrontar un panorama de crisis económica y social como el que el mundo occidental vive hoy?
Debería ayudarnos a comprender qué nos ha traído hasta aquí y cómo encontrar la salida del laberinto. Sin embargo, la misma condición intemporal del discurso filosófico dificulta que, precisamente en lo que atañe a la crisis económica y social, pueda ofrecerse como una herramienta para la iluminación del presente. Mi experiencia es que la mejor filosofía va más allá, y la peor se queda corta y, en lugar de contribuir a desmontar tópicos y afinar nuestra percepción del entorno, aporta sus propios ladrillos a la construcción de un relato mítico de la crisis en que estamos sumidos.

¿Qué figura del panorama filosófico actual, nacional o extranjera, consideras una referencia ineludible?

Yo destacaría a ensayistas a la vez sesudos y mediáticos, como Antonio Valdecantos y José Luis Pardo, muy en la línea de Ferlosio. José Luis Villacañas me parece un sabio admirable, y en lo que atañe a pensadores extranjeros, quizá no se pueda dejar de leer a autores como Sloterdijk, Badiou, Butler o Agamben, y clásicos del siglo pasado como Arendt o Foucault conservan toda su vigencia.

¿Sobre qué tema o autor gira tu investigación actual?
Acabo de terminar la edición de un breve ensayo de un historiador, Butterfield. Un texto de historiografía que en su momento se leyó y citó mucho y que hoy está un tanto olvidado. Me gusta la crítica que le hace a los progresistas más entusiastas por su manera un poco atolondrada de ver el presente como si todo estuviera dispuesto para desembocar en el triunfo de la libertad y del parlamentarismo (británico, en su caso). Es del año 31, es decir, que la advertencia no podía ser más urgente (y, ¡ay!, más desoída). Así pues, no nos creamos que lo ganado no puede perderse: cada día vemos que lo más inquietante de nuestro pasado puede estar otra vez ahí, a la vuelta de la esquina… ❖ Carlos Javier González Serrano


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