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Simone de Beauvoir ha salido del purgatorio al que la crítica le llevó después de tenerla años en el paraíso de las ideas. Todo le ha servido para ser una figura prodigiosamente humana. El segundo sexo, su libro, y ella quedarán como la entrada enervante del feminismo en el siglo XX.
Simone de Beauvoir fue una mujer múltiple y compleja. Sus Memorias son un trabajo fascinante para sentir a esa mujer seductora, poderosa, contradictoria, viviendo en la época más turbulenta del siglo XX: el nacimiento del fascismo, la II Guerra Mundial, la resistencia francesa, el apogeo del comunismo, la creación artesana del existencialismo y, al cabo, el 68 como catarsis de tantas emociones intelectuales y bélicas.
A los 18 años, Simone emprende su carrera vital con pasión: descubre la literatura que no dejará de embriagarla el resto de sus días. Pronto llega a la filosofía con avidez por aprender, construirse a sí misma como si estuviera formando una amazona que hubiera de competir en igualdad con los hombres que ya tenían un puesto asegurado en la palestra intelectual.
Conciencia de mujer
En sus primeros escritos se observa que Simone de Beauvoir no había tenido tiempo para tomar conciencia de su condición de mujer; actuaba por instinto, en realidad, su propio frenesí de iniciación a la vida no le había permitido ver nada de particular en el hecho de ser mujer: “Jamás he sufrido por ser mujer”,escribe en 1948. Veinte años antes del nacimiento del MLF (Movimiento de Liberación de la Mujer), Simone de Beauvoir publicaba, en 1949, El segundo sexo, un ensayo que analizaba la alienación de las mujeres y era un llamamiento a su concienciación.
Hoy resulta difícil imaginar la audacia que la obra de Beauvoir suponía en aquellos años. Había publicado anteriormente tres novelas y una obra de teatro, La invitada. En aquellos años, Simone era ya la compañera de Sartre, el papa del existencialismo, y a ella se la conocía en los ambientes intelectuales como Notre-Dame de Sartre.
Otras mujeres la habían precedido en la sensibilidad feminista: heroicas como Olimpia de Gonges, audaces como Mary Wollstonecraft o lúcidas como Virgina Woolf, pero ella había inventado el feminismo.
Fue Simone de Beauvoir quien estructuró todas las reivindicaciones precedentes, los movimientos reprimidos, los combates dados por perdidos, para conseguir una voz única, apoyada, en este caso, en un profundo conocimiento filosófico, histórico, científico y sociológico. Beauvoir no produjo una reivindicación lastimera o una construcción revanchista. De hecho, Beauvoir era una triunfadora en el más difícil campo para una mujer: el exigente mundo intelectual, trufado de machos alfa en toda Europa. La propia Europa tenía tras la guerra múltiples heridas abiertas, ajustes de cuentas, penurias económicas como para considerar los derechos de la mujer algo prioritario en la época. No existía la palabra “feminismo” ni siquiera una asociación en defensa de los derechos de las mujeres: ¿por qué concibió Simone de Beauvoir ese tema para el análisis y ese momento?
“Yo no había experimentado nunca ningún sentimiento de inferioridad por el hecho de ser mujer. Mi feminidad no era un problema para mí. Simplemente tuve una revelación: el mundo era un mundo masculino. Mi infancia había sido forjada por hombres y quizás reaccioné de modo diferente a si hubiera sido un muchacho. Así que con esa idea fascinante, dejé todo lo que tenía entre manos para centrarme en el problema femenino”.
La mujer es "la otra"
Simone puso en ese proyecto toda la considerable capacidad de trabajo que había acumulado, al servicio de una idea central que todos tenían ante sus ojos, pero nadie veía: “Un hombre jamás tendría la idea de escribir un libro sobre la situación singular de los hombres en la humanidad. Ser un hombre es lo normal, un hombre tiene el total derecho a ser hombre; es la mujer la que vive la culpa por existir… El hombre es el Sujeto, el ser Absoluto; la mujer es La Otra”. En un primer momento, Beauvoir pensó titular su obra La Otra.
Lo sorprendente es que El Segundo Sexo no fue el manifiesto de ningún movimiento activista. Se anticipó más de diez años a la aparición en los Estados Unidos de la segunda obra feminista del siglo XX: La mística de la feminidad de Betty Friedan.
Decepción política
En los años 50 del pasado siglo, las ideas dominantes le hacían pensar a Simone de Beauvoir que la llegada del socialismo debería poner fin necesariamente al sexismo instaurando la equiparación de sexos. Veinte años después, Beauvoir constataba que en ninguna parte –ni en la Rusia Soviética ni en los restantes países– las mujeres habían alcanzado los mismos derechos y libertades del hombre y era necesario, por tanto, continuar el combate para conseguirlo.
A los 75 años, sobrevivía en Simone la muchacha con una curiosidad insaciable, dispuesta a la búsqueda de la felicidad y el placer, bajo la timidez y severidad exterior que siempre le dio una imagen de “gauchiste” distante.
El sombrío análisis de la alienación femenina que hacía Beauvoir, la obsesión ante embarazos indeseados, partos dolorosos, la menopausia que despoja a la mujer de su esencia de género, son tristes fijaciones que gracias a ella se han ido diluyendo. Ella fue la primera en señalar la injusta alienación.
Quizás la frase más simplista para resumir la obra de Beauvoir –“No se nace mujer, se deviene mujer”– es una síntesis demasiado exigua para un pensamiento sólido y estructurado. Pero hacia falta en el imaginario de su tiempo, esclerotizado y anclado en el protagonismo masculino, un shock como el que trajo Beauvoir; su expresión era más sencilla de lo habitual, había renunciado a toda afectación u ornamento. De modo que esa frase concisa sí puede representar el genio anticipador de Beauvoir.
Ella, aparentemente a la sombra de Sartre, ha acabado aportando ideas de vigencia más extensa que las de él. Aún sin comparaciones enojosas, ella consiguió poner a “la mujer” en la historia y cada vez que la inercia social debilita la entidad feminista, tenemos que volver la mirada hacia Beauvoir, donde empezó todo. ❖ FilosofíaHoy
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