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El tránsito de la era medieval a la luz del Renacimiento suele ser en los libros de historia un simple salto de capítulo. La realidad que Italia vivió para esa transmutación fue más compleja que la apariencia. Estuvo fuertemente contestada y algunos ideales como la igualdad, y la participación popular en el gobierno a veces eran más defendidos por los enemigos del Renacimiento, hasta hacerle parecer lo opuesto a un movimiento moderno.
Paul Strathern ha reflejado esa agonía del mundo que perece cuando surge el nuevo con la historia del monje Girolano Maria Francesco Matteo Savonarola (Ferrara, 1452–Florencia, 1498). Él fue el atizador de las hogueras purificadoras de Florencia que crepitaban mientras los florentinos eran invitados a arrojar a ellas sus lujos, cosméticos y libros, como los de Bocaccio, que el monje consideraba licenciosos y, hasta ellos mismos y sus pecados, si se hubieran hecho realidad los ánimos depuradores de Savonarola. Él fue el apogeo de las contradicciones de la época.
El dominico Savonarola y sus sermones apocalípticos describían increíbles castigos a los que sus coetáneos eran acreedores, tanto en este mundo como en el otro, apenas por vivir con la mínima relajación.
Savonarola era un clérigo turbulento, pero estaba lejos del personaje oscurantista que la leyenda nos pasó. Convivió con varias de las figuras intelectuales de su época como Pico Della Mirandola, miembro destacado de la corte elitista formada en torno a Lorenzo el Magnífico en el Palazzo de los Medici. Tanto el filósofo como el monje de fuego tenían en común un excepcional conocimiento teológico e igualmente una especial cultura de las filosofías heterodoxas. Pico de la Mirándola sentía una gran atracción por la tradición esotérica, especialmente la kábala, y pasó muchas horas con Savonarola debatiendo sin llegar a convencerse mutuamente, ya que éste solo encontraba razones para llegar a la quema masiva de los libros que contenían esas teorías alternativas. Incluso la homosexualidad, que tradicionalmente había encontrado tolerancia en Florencia, pasaba a merecer la muerte en el ideario de Savonarola.
Cuando el ejército francés de Carlos VIII, en 1494, invadió la Toscana, Savonarola se convirtió en el legislador dentro de una suerte de democracia directa que se estableció en el reino de los Medici. El monje de fuego reprodujo su ideal apocalíptico y condenó todo lo que produjera placer, fuera un juego de naipes, un perfume, llevar peluca o leer a Petrarca, como pecados horribles.
Sin embargo, no duró mucho su persecución del pecado; algunos de sus jóvenes seguidores se rebelaron contra él, acusándole de herejía. En 1497 fue arrestado, torturado y, al fin, expulsado de la Iglesia por el Papa Alejandro VI. En 1498, el Papa, ante la rebeldía irreprimible de Savonarola, ordenó su ejecución. Durante 42 días estuvo sometido a torturas. Savonarola tuvo que firmar su arrepentimiento con el brazo derecho, único que los torturadores habían dejado intacto. Después se arrepintió de su sumisión y rogó a Dios que tuviera misericordia de él por su flaqueza, confesando crímenes que en realidad no había cometido. El 23 de mayo de 1498 fue quemado en la hoguera hasta quedar reducido a cenizas que fueron arrojadas al río Arno para evitar que alguno de sus restos fueran recogidos por sus seguidores y convertidos en reliquias. Maquiavelo, que había sido testigo de sus sermones, lo fue también de la ejecución. A continuación, la familia Medici recuperó de nuevo el gobierno de Florencia.
“Savonarola –escribe Strathern– puede ser considerado un precursor de la tradición que ha creado figuras como Lutero, Cromwell, Robespierre o Lenin”.
Savonarola había llegado a interiorizar que la ciudad de Florencia estaba destinada a ser un lugar en el que solo floreciera la virtud. Como todo visionario imaginó que el futuro que había concebido estaba impreso en algún pasado que le autorizaba a creer en ese porvenir diseñado a su medida. De alguna forma, su utopía se aproxima más a la moderna revolución de Mao y sus seguidores que a la propia Inquisición. Su proyecto contenía la reordenación social en un modelo igualitario y puritano.❖ Filosofía Hoy
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