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Libertad y libre albedrío

Catedrático de Lógica en la Universidad de Barcelona, Mosterín contribuyó con este artículo al dossier dedicado a la libertad.

jesús mosterín
El problema de la libertad y el seudoproblema del libre albedrío
tienen poco que ver entre sí. Sin embargo, con frecuencia se enredan y confunden en el discurso descuidado, sobre todo cuando se usa el mismo término para referirse a ambas cosas.

El sustantivo castellano “libertad” es un calco del latín libertas, que a su vez procede del adjetivo liber (libre), que originariamente se opone a servus (esclavo). En su sentido originario, la libertad es la condición social de quien puede decidir por sí mismo, sin estar sometido a la voluntad de otro. Esta condición se heredaba. Como dice Cicerón, “libre es el que nace de madre libre”. También podía adquirirse, si el amo renunciaba a su dominio y liberaba a su esclavo, que pasaba a ser un liberto, es decir, adquiría la libertad. Hoy en día ya no existe la esclavitud legal, pero la capacidad del individuo para tomar sus propias decisiones se ve con frecuencia interferida y restringida por los demás, tanto por los sistemas políticos autoritarios, como por otras instancias religiosas y sociales, incluidas la pandilla, la familia e incluso la propia pareja. La falta de libertad provoca frustración e infelicidad, cohíbe la iniciativa y la creatividad, frena el progreso y disminuye la eficiencia; por todo ello constituye  un problema: el problema de la libertad, que es el problema práctico de cómo conseguirla e incrementarla.

La democracia (hacer lo que quiera la mayoría de los demás) no es lo mismo que la libertad (hacer lo que yo quiera), aunque la moderna democracia liberal trata de combinar ambas ideas. La democracia puede ser totalitaria, como en la antigua Grecia, en la Alemania de Hitler o en la Venezuela de Chávez, pero también puede garantizar en su constitución y en su práctica una amplia panoplia de libertades. Fuera de la política hay otros modelos más atractivos, como la ciencia o internet, pero de momento cualquier solución política al problema de la libertad pasa por alguna versión de la democracia liberal.

El determinismo metafísico es la tesis global y a priori de que todo está estrictamente predeterminado. Tiene dos versiones, una teológica (Dios es omnipotente y todo ocurre tal y como Dios quiere) y otra física (las leyes del universo son como las de la mecánica clásica y excluyen el azar). No veo razón alguna para aceptar el determinismo metafísico. Desde una perspectiva científicamente razonable, el estudio de la determinación ha de ser encarado de modo local y a posteriori, averiguando empíricamente en cada caso si está determinado (como el próximo eclipse de luna) o no (como la desintegración de este isótopo de carbono-14). Esto se aplica también a nuestra voluntad, de la que de todos modos conocemos muy poco y de la que nuestras experiencias conscientes volitivas son la mera punta visible del iceberg inconsciente. ¿Qué pasa en mi cerebro cuando decido ir al cine esta tarde? Nadie en el mundo lo sabe.

Soy libre en la medida en que pueda hacer lo que yo quiera, en que los demás no me impidan hacerlo. Esto no tiene nada que ver con la cuestión teórica de hasta qué punto y por qué factores esté determinada mi voluntad. El seudoproblema del libre albedrío fue introducido en el contexto de la teodicea cristiana y musulmana: ¿cómo combinar la omnipotencia divina con la responsabilidad moral humana? Si todos, incluso los pecadores, hacemos lo que Dios quiere, ¿cómo es que Dios nos castiga por nuestros pecados, cuando en definitiva él mismo ha decidido que los hagamos? La solución estaría en el libre albedrío, que Dios nos habría dado para poder castigarnos. Dios suspendería su determinación universal en el caso de las acciones humanas, a fin de luego poder premiarlas o castigarlas.

Algunos han secularizado este seudoproblema teológico y se preguntan: ¿Cómo puede el hombre ser libre, puesto que todo en el universo está predeterminado? En primer lugar, no parece que todo esté predeterminado. Lo que sí está en gran parte predeterminado (por las leyes de la física, por nuestros genes, por nuestros circuitos neurales, por nuestra cultura, por nuestras reflexiones previas conscientes y por mil factores inconscientes que desconocemos, aparte de por los estímulos que recibimos del entorno) es lo que queremos. Incluso ahora sabemos que cierto tipo de actividad inconsciente en nuestro córtex prefrontal precede a nuestra toma consciente de decisiones; cuando pensamos estar tomando una decisión, la decisión ya estaba tomada medio segundo antes en el cerebro.

Da igual cómo se formen nuestros deseos
y lo determinados que estén: mientras nos dejen hacer lo que queramos, seremos libres. Desde luego, no somos ruletas (y si lo fuésemos, no seríamos más libres; actuaríamos como locos y ya estaríamos muertos). Tampoco somos computadoras, unívocamente determinadas. Somos animales complejos y plásticos, capaces de hablar consigo mismos para convencerse de hacer lo que consideren más conveniente, aunque no siempre lo logren. Nuestra conducta es una función de muchas variables y nuestros razonamientos y reflexiones son una de ellas, aunque solo una.


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